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El guardián y el mago: un cuento sobre la sanidad pública española

Por el Dr. José Ignacio Torres

Había una vez, en una tierra cada vez más árida por el calentamiento global, un guardián y un mago.

El mago, que vivía en un castillo blanco, poseía una maravillosa bola de cristal y la empleaba siempre que era necesario en beneficio de los pobres y enfermos, para utilizar adecuadamente sus pociones mágicas.

El guardián, que habitaba en una casa grande de color perlado, tenía una difícil tarea; decidir quienes tenían que acudir al castillo del mago además de prescribir pociones mágicas a los pobres y enfermos que acudían a visitarle y que no precisaban ir al castillo blanco.

A pesar de sus diferentes residencias y trabajos ambos habían acudido a la misma escuela de magos, pero habían aprendido la preparación y uso de diferentes pociones después de haber terminado sus estudios.

Durante años, en la tierra árida, unos hombres de azul bondadosos y sabios consiguieron mejorar cada vez más y más la escuela de magos, de modo que cada año los pobres y enfermos eran auxiliados por excelentes guardianes y magos.

Todos estos logros habían sido posibles por la contribución de los hombres de gris después de un largo periodo de oscuridad en la tierra árida cuando gobernaban los hombres de negro con brazaletes azules. Ellos tuvieron la virtud de ser tolerantes, flexibles y empáticos porque habían adquirido una sólida formación académica y ética en su lucha contra los hombres de negro con brazaletes azules.

Los hombres de gris contribuyeron a la construcción de más y más castillos blancos necesarios por las tierras áridas, y crearon muchas casas de color perla, en las que vivían los magos y los guardianes.

Con el tiempo, a los hombres de gris se unieron más y más mujeres de gris que facilitaron el arduo trabajo de construir y enseñar a los magos y a los guardianes, hasta el punto de que de la excelente escuela de magos salían todos los años grandes magas y colosales guardianas para beneficio de todos.

Allende las montañas, habitaban los hombres de rojo, que desde siglos venían perfeccionando las materias primas para la preparación de las pociones mágicas de los magos y los guardianes que servían desde tiempos inmemoriales para aliviar y curar a los pobres y enfermos. Las buscaban arduamente en los bosques, mares y ríos de la comarca y habitaban en grandes naves rojas de las que salían humos y olores.

Y mucho más allá, donde los mares rugen como el viento, desde comienzos del siglo XX, los hombres de amarillo fabricaban bolas de cristal. Trabajaban en fábricas grises fuera de las ciudades y cada uno de ellos compartía sus ideas novedosas con el fin de crear bolas cada año más hermosas y prácticas.

Todo parecía encontrarse en equilibrio a pesar de las dificultades inherentes a la práctica de los magos y guardianes, hasta que un día apareció en las montañas la AMBICIÓN soplando al oído de los hombres de rojo una idea: preparar pociones no sólo para los pobres y enfermos sino también para los ricos y sanos para de ese modo, convertir a todos los habitantes de la tierra árida y más allá, en pobres y enfermos, necesitados de más y más pociones.

Al principio, ni los magos, ni los guardianes ni los hombres de gris se dieron cuenta de los riesgos de la AMBICIÓN a pesar de las advertencias de aquel sabio de origen austríaco, que clamaba por los cuidados adecuados de los habitantes de la tierra árida.

Los hombres de rojo empezaron a enviar a los castillos blancos y a las casas de color perla, multitud de espías de rojo envueltos en gabardinas y armados con palabras suaves y gestos obsequiosos de tal modo que los guardianes y los magos se dejaron seducir por sus artes, y así poco a poco, en la tierra árida casi todos sus habitantes empezaron a sentirse pobres y enfermos.

Para empeorar el problema, los hombres de amarillo fueron visitados por la ENVIDIA. Con su viento amarillo, contagioso y pegajoso, la ENVIDIA insufló su pérfida idea: que todo el mundo pudiera pasar por la bola de cristal, fabricando cada vez bolas más y más costosas que proporcionaban tanta información que a menudo los ricos y sanos se convertían sin serlo, en pobres y enfermos.

De ese modo, los hombres de gris,acuciados por la presión de los habitantes de la tierra árida se vieron abocados a comprar más y más bolas de cristal, cada vez más costosas y a construir más y más castillos blancos, aunque no fueran necesarios y vaciaran los cofres de la tierra árida.

Pero lo peor de todo, para la tierra árida fue cuando los hombres de gris y sabios engañados por la SOBERBIA, poderosa diosa que ataca con saña a los que se sientan en las sillas de gamuza, fueron sustituidos por los hombres de negro y necios, conocidos secuencialmente como el “impulsivo”, el “taimado”, el “escurridizo” y finalmente el “impávido”.

Los hombres de azul escribían, y hablaban en los medios, alertando de la gravedad del problema creado, pero no eran escuchados. Era preciso y urgente que de las arcas de la tierra árida se dedicará una importante partida de oro para las casas grandes de color perla y que de la escuela de magos salieran muchos más guardianes para habitarlas y llenarlas de sentido.

Desde otras tierras lejanas a la tierra árida otros magos, filósofos y técnicos de diversos colores vertían millones de páginas explicando lo que estaba sucediendo en esta tierra, pero los hombres de rojo y los hombres de amarillo y sus aliados desde sus bancos, medios audiovisuales y sillas de gamuza se encargaban de silenciarlos.

A pesar de todo, los magos y los guardianes seguían haciendo bien su trabajo, contra viento y marea, pero estaban más aislados entre sí, e incluso a veces se sentían enfrentados y discutían por el tipo de poción mágica apropiada en cada caso o por si la poción utilizada era necesaria o no.

Y fueron entonces, sobre todo los guardianes, los que tomaron nota e informaron a quien quisiera escuchar que cada día los pobres y enfermos eran más y más y los ricos y sanos menos. Y los magos, comprendieron que las colas en la puerta de los castillos blancos se hacían más y más largas y que la gente no cabía en las casas de color perla.

De manera que como no cabían y debían esperar días y días a ser llamados y atendidos en las casas de color perla tomaban los trenes de melocotón hacia los castillos blancos.

Y así, los castillos blancos de la tierra árida no daban de sí para poder albergar a todos, a los que de verdad eran pobres y enfermos y a los ricos y sanos que se creían (porque de ello se habían encargado los hombres de rojo a través de sus espías de rojo y los hombres de amarillo con el culto al nuevo dios y la práctica de la nueva religión conocida como tecnolatría ) que eran pobres y enfermos.

Todos ignoraron una y otra vez los consejos de los hombres de plata que vivían en Suiza, sabios en todo lo relacionado con el trabajo de los guardianes y los magos e hicieron caso omiso a los estudios de la gran sabia del país atlántico y sus alabanzas a la tierra árida por las decisiones tomadas años atrás por los hombres de gris que ahora no se estaban cumpliendo.

Tanto los hombres de plata como la muy sabia, aconsejaban construir más casas grandes color perla e insistían en la necesidad de que hubiese muchos más guardianes que magos en las próximas décadas para que de esa manera disminuyera el número de pobres y enfermos en la tierra árida.

Pero los hombres y mujeres de gris que ya se habían convertido para siempre en hombres y mujeres de negro no quisieron escuchar, invadidos por la ambición, el orgullo y el resentimiento.

Durante décadas, los guardianes se habían congregado año tras año en el bosque de la comunidad y rogado a los hombres de negro y antes a los hombres de gris defender los castillos blancos y las casas grandes de color perla. Para ello, era necesario disponer en las casas grandes de color perla de relojes de arena que permitieran escuchar y tocar a los pobres y enfermos y dialogar con los ricos y sanos. Relojes que paraban el tiempo, siendo así, más sencillo conseguir que hubiera en la tierra árida más ricos y sanos y menos pobres y enfermos, además de proteger a los castillos blancos.

Un día llegó una carta desde un pequeño país del norte dirigida a todos los que quisieran escuchar con un gran descubrimiento. Después de muchos estudios parecía claro que los guardianes eran la parte más importante de este sistema creado décadas atrás en la tierra árida. ¡Era una gran noticia!, pero no salió en la televisión multicolor, ni en la radio granate, ni se habló de ella en aquel lugar lleno de sillas de gamuza.

Decía la carta, que si los guardianes, permanecían en sus casas grandes de color perla dos o más años seguidos (y, sobre todo, si podían estar allí, quince años) cumpliendo su doble función de testigo de la vida y la muerte de los sanos y ricos y de los pobres y enfermos y protector de los excesos de los magos y de los propios guardianes,las ganancias en salud, dinero y recursos de las arcas de la tierra árida serían enormes, y las necesidades de acudir a los castillos blancos disminuirían de gran modo.

Sin embargo, los hombres de negro siguieron tapando sus oídos y sus ojos e hicieron caso omiso a los guardianes, a los magos, a los hombres de azul y a los hombres de blanco y rojo del pequeño país del norte.

Los magos empezaron a impacientarse y los guardianes a desesperarse, abandonando las casas grandes de color perla. Y aunque este fenómeno empezó años antes, fue especialmente en la triste época del “impávido” y la “colérica”, que muchos de los jóvenes magos y guardianes buscaran una vida mejor más allá de la tierra árida, en las montañas y allende los mares en los que gobernaran hombres de gris para curar sus heridas, volver a usar correctamente sus pócimas mágicas y emplear adecuadamente las bolas de cristal en mejores castillos blancos y grandes casas de color perla.

Para empeorar aún más la situación, después de dos tristes años de duelo y encierro en los que los hombres de negro y las mujeres de negro actuaron sin conocimiento, empatía ni sentido común utilizando taimadamente como marionetas a los magos y guardianes (algunos de los cuales dejaron su salud y sus vidas en el empeño), el pregonero rosa empezó a anunciar por orden de los acólitos de la “colérica”, cada jornada, y a horas intempestivas de la noche que los guardianes debían cambiar de casa grande color perla en los diferentes territorios de la tierra árida, sin tener en cuenta sus méritos, derechos ni capacidades técnicas, olvidando las circunstancias personales tanto de los guardianes como de los pobres y enfermos a los que venían atendiendo desde hacía años con sus pócimas.

Y el cartero añil se puso a gritar con su voz atiplada que los hombres y mujeres de negro habían ordenado que los magos y sobre todo los poco apreciados guardianes cambiaran continuamente de casa grande de color perla e incluso pasaran parte de su tiempo sin vivir en ninguna de ellas olvidando que la investigación científica de la que tanto hablaban en la radio granate y la televisión multicolor concluía que lo más eficiente y conveniente era hacer todo lo contrario.

Entonces fue cuando los magos y los guardianes, heridos y sucios por los vientos oscuros se preguntaron por las razones de esa forma de actuar tan incomprensible de los hombres y mujeres de negro que pisotean una y otra vez la tierra árida.

Ahora, en los oscuros tiempos, cuando los hombres y mujeres de negro gobiernan las tierras áridas, los guardianes saben que las casas de color perla están a punto de desaparecer por culpa de la ambición, la envidia y la soberbia, y los magos contemplan sin capacidad de reacción posible sus castillos blancos abarrotados de pobres y enfermos y de ricos y sanos.

A pesar de todo, los hombres y mujeres de negro en medio de la tormenta siguen haciéndose fotos ocres con los magos en las puertas brillantes de los castillos antiguos y nuevos y los hombres de rojo y los hombres de amarillo ya no saben qué hacer con el oro que todo este caos ha provocado.

Los guardianes y los magos tienen la certeza de que a pesar del poder de los hombres de rojo y hombres de amarillo y de la complicidad de sus aliados, los hombres de negro que ocupan las sillas de gamuza, los hombres de violeta que poseen las televisiones multicolores y los hombres de oro que llenan sus bancos guardados por rejas de acero, no estará todo perdido si cuentan con la ayuda incondicional de los pobres y enfermos, y de los ricos y sanos que habitan la tierra árida.

Solo así, se podrá evitar la destrucción de las casas grandes de color perla y persistirá el necesario trabajo de los guardianes y volverán a funcionar de modo eficiente y seguro los castillos blancos.

Quizás, de ese modo, disminuirá el número de los pobres y enfermos en la tierra árida.

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