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Conviene ser escéptico con algunos escépticos

Por Dr. José Enrique Eizayaga

Departamento de Homeopatía de la Universidad Maimónides, Argentina

El conocimiento científico no es el único y ni siquiera es el más importante

“Las únicas certezas son las vivenciales”. Cuando hace muchos años escuché de boca de un amigo psiquiatra esta sentencia, me quedé espantado. ¿Cómo podía ser que afirmara semejante cosa, en una época en que la ciencia nos ha cambiado la vida de manera tan radical? ¿Cómo vamos a darle mayor certidumbre al conocimiento vivencial que al científico?

Pero sí, estimado lector, es así. Ortega y Gasset, en Ideas y creencias, lo explica de la siguiente manera: nuestra vida está sustentada en un complejo entramado de creencias. El ejemplo de Ortega es radical: al salir de casa en la mañana, nadie duda de que la calle estará allí. ¿Las ideas? El filósofo afirma que estas nos surgen cuando nos debatimos entre dos creencias contrapuestas.

¿Dónde están las investigaciones científicas que nos permiten saber sin resquicio de duda que nacemos, enfermamos y morimos, que el sol sale siempre por el mismo lado, que nuestra madre nos quiere o no, que el fuego quema y que no atravesamos paredes? ¿Hacen falta? Por supuesto que no. ¿Podemos estar equivocados? Claro que sí. Es el caso clásico de la creencia milenaria en la rotación del sol alrededor de la tierra.

¿A qué viene esta introducción? Cuando alguien con una enfermedad grave y que los médicos han pronosticado incurable y letal, peregrina a Lourdes y se cura, nada ni nadie lo va a convencer de que el viaje a Lourdes no tuvo nada que ver. Es cierto que el diagnóstico y el pronóstico médico pudieron haber estado equivocados y que existen remisiones espontáneas inesperadas e inexplicables aun de enfermedades graves. Pero limitar las explicaciones a estas dos opciones es como mínimo, arrogante. Es mejor no negar el fenómeno y confesar la ignorancia.

Sin necesidad de ejemplos tan extremos, lo descripto arriba es similar a lo que les ocurre a los pacientes y sus médicos, cuando después de años de sufrir un problema de salud y de haber intentado y fracasado varios tratamientos, este desaparece de manera sorprendente y radical tomando un medicamento homeopático. Suele quedar poca duda de que el tratamiento ha sido la causa de la mejoría. Se puede entender cuánto irrita a médicos y pacientes que alguien les diga “lo que ustedes observan es un error de apreciación. Están equivocados, lo que ven no existe y es una ilusión porque lo dice la ciencia.”

Pero aquí viene el problema. ¿Deberíamos los médicos recomendar a nuestros pacientes graves e incurable peregrinar a Lourdes, porque allí algunos se curan? La respuesta es “no” y el motivo es claro: los médicos estamos obligados a recomendar aquello que sabemos que tiene una probabilidad razonable de ayudar a cada paciente concreto. Al mismo tiempo, no tenemos derecho a desalentar a quien quiera realizar la peregrinación, basándonos en ausencia de pruebas científicas. No solamente sería arrogante sino también inhumano.

¿De dónde surge el conocimiento que nos permite afirmar que si un paciente hace tal o cual cosa tendrá tal probabilidad de mejorar? Proviene de la experiencia en otros pacientes, otros tiempos y otros lugares, y es aquí donde la ciencia hace su entrada en escena.

Hablemos de ciencia

El vocablo ciencia es la traducción del griego episteme, término acuñado por Platón para denominar al conocimiento cierto en contraposición con la mera opinión. El conocimiento científico tiene algunas particularidades que lo definen como tal.

Parte de la formulación de una hipótesis, la cual es seguida de la debida demostración o refutación. La calidad de la demostración depende del método utilizado, que a su vez varía según cual sea el objeto de estudio.

Es universal. Es decir, no aplica de manera directa o simple a casos particulares sino a situaciones generalizables o entes más o menos ideales. Hay una ciencia del hombre, la antropología, pero no puede haber una ciencia de tal o cual hombre concreto. Esta universalidad permite hacer predicciones respecto a lo que ocurrirá en determinados contextos y circunstancias.

La ciencia sólo puede demostrar que algo existe. Nunca puede demostrar que algo no existe. Parece un detalle menor o una sutileza, pero no. Es una noción básica y esencial. Cuando un científico afirma “tal cosa no existe” o “tal cosa no funciona”, está expresando su opinión acientífica de la cuestión. Hablando con corrección, podrá decir “no hay pruebas científicas de que este tratamiento sea efectivo” o “las pruebas son insuficientes o de calidad dudosa”, lo cual es diferente e independiente de que el tratamiento en cuestión sea o no efectivo. La estreptomicina ya era eficaz para curar la tuberculosis antes de que se lo demostrara científicamente. La investigación científica no agregó ni quitó nada a su utilidad. Sólo la verificó.

En otras palabras, ausencia de prueba a favor de la existencia de algo no es sinónimo de prueba de su inexistencia. Un ejemplo tragicómico de lo anterior es el de los supuestos científicos que van por el mundo difundiendo la idea de que Dios no existe, porque, según dicen, la ciencia así lo ha demostrado. La ciencia, y muy especialmente las ciencias naturales, no puede demostrar ni la existencia ni la inexistencia de Dios. Así de simple.

El científico, para poder investigar, debe forzosamente aislar una muy pequeña porción del todo y abocarse a ella desde una perspectiva que también es parcial y limitada. Los resultados de las investigaciones científicas son especialmente válidos en el contexto de cada investigación particular. De allí a su generalización hay un largo trecho. Además, no hay una única ciencia sino múltiples, a veces dedicadas a un mismo objeto desde diferentes ópticas.  Así, por ejemplo, del agua se ocupan la física, la química, la biología, la fisiología, la farmacología, la bioquímica, la nutrición, la agronomía, la hidrografía, la oceanografía y la meteorología, cada una desde una perspectiva diferente.

La consecuencia de lo anterior es que cuando alguien hace una historia extensiva y en prosa acerca de lo que se sabe desde el punto de vista científico respecto a una determinada cuestión, el relato en sí mismo no es para nada científico, sino que tiene mucho de especulativo. Quien lo hace, ha tomado información científica dispersa, inconexa y en mayor o menor medida contradictoria, y ha armado toda una historia atractiva para sus oyentes, con conclusiones que van mucho más allá de las que surgen de las investigaciones de donde obtuvo la información. Nada que cuestionar a esta actividad, tan sólo hace falta ponerla en su lugar.

La ciencia no es sujeto. Por la tanto no dice ni opina. Quienes para dar mayor crédito a lo que proclaman utilizan frases como “según la Ciencia…”, “la Ciencia afirma que…” o “la Ciencia ha descubierto…”, utilizan un lenguaje impropio del científico, que sabe que sólo puede referirse a investigaciones científicas concretas.

El conocimiento científico, por más confiable que sea, es siempre provisorio. Siempre es perfectible. A veces cambia por completo y lo que se creía hasta un momento deja de creerse al siguiente. Al decir de Karl Popper, el conocimiento no es científico si no es falsable, contradecible por el descubrimiento de nueva evidencia empírica. Más aún, como sólo podemos tener acceso a la observación de un número limitado de fenómenos, “más que buscar casos de confirmación (de las hipótesis) que siempre van a tender a cero al lado de lo infinitamente desconocido, debemos postular la hipótesis y estar abiertos a un caso que la contradiga.”[1]

Toda interpretación de los fenómenos que investigan los científicos se hace a partir de una teoría general de los mismos, que se ha ido formulando y construyendo a partir de conocimientos previos. Esta teoría, cuando se encuentra ya arraigada y probada, adquiere la característica de paradigma, es decir de algo que ya no se cuestiona. Esta noción proviene de Thomas Kuhn. Los científicos no escapan con facilidad a estos paradigmas que consideran verdaderos e inamovibles. Pero conviene tener en claro que las teorías y los paradigmas son también provisionales y no son propiamente conocimiento científico sino especulativo y derivan de él.

En palabras de Zanotti, “Los científicos se forman en un paradigma, un marco teorético muy estricto, como a todos nosotros se nos ha formado en el paradigma newtoniano, y desde allí interpretamos el mundo, desde allí consideramos “evidentes” ciertas cosas (como que es evidente que las cosas se mueven según la ley de gravedad); desde allí consideramos posible o imposible que ocurran o no ciertos fenómenos (por ejemplo, es imposible que un cuerpo no caiga a 9,8 m/seg2 en caída libre). Por eso hay fenómenos que el paradigma considera “imposibles”. ¿Cómo va un paradigma a encontrar algo que lo contradiga? Los paradigmas, dice Kuhn, no se someten a la crítica a sí mismos, sino que entran en crisis por agotamiento.”[1]

Los científicos fácilmente tienden a soslayar los fenómenos que contradicen teorías y paradigmas aceptados. Si bien la ciencia tiene como meta la objetividad, la ausencia completa de subjetividad en el proceso es imposible. Los científicos también son humanos y tienen las mismas necesidades, tendencias y debilidades que todos los demás. Aunque más no sea el anhelo de descubrir algo importante y destacarse.

Obsérvese que, si sólo tomáramos en cuenta lo mayoritariamente aceptado, la ortodoxia, y descartáramos sistemáticamente lo que no encaja en el paradigma vigente, la heterodoxia, el conocimiento llegaría finalmente a un callejón sin salida en el que no podría surgir nada novedoso.

Finalmente, según santo Tomás de Aquino, la ciencia es también una suerte de hábito en la mente de quien la ejerce. Es decir, una manera habitual de encarar el conocimiento del mundo que termina haciéndose carne en el científico.

El rol del escepticismo en la ciencia

En un sentido amplio, escepticismo significa dudar. Es aquello de la duda metódica de Descartes. Su función en la adquisición de conocimiento cierto es fundamental: ¿estaré viendo bien?, ¿estaré atribuyendo bien las causas a este fenómeno? Los médicos cautos y autocríticos, y esto incluye a los homeópatas, saben bien que es muy difícil atribuir la buena evolución de un paciente al tratamiento. Pero como no es posible dudar todo el tiempo de todo, a veces uno tiene una certeza razonable de que ha sido así. El buen escéptico mantiene algún margen de duda en la atribución de causalidad, en si creer o no cosas que le cuentan y en la confiabilidad de las publicaciones científicas e informaciones que lee. Y también mantiene un margen de duda sobre muchas de sus propias creencias. Esto es muy saludable para poder avanzar con los pies sobre la tierra. Pero un escepticismo extremo, el de aquel que no cree en nada o que piensa que la verdad es inalcanzable, termina siendo un obstáculo para el avance del conocimiento, de la misma manera que lo es la ingenuidad acrítica, propia de aquel que se cree cualquier cosa.

El paradigma de la farmacología moderna

La biología moderna conserva en gran medida un paradigma de tipo mecanicista-newtoniano. Esto se traduce en concebir a los seres vivos como si fueran sólo un conjunto de células que interactúan entre sí. El todo como suma e interacción de las partes y nada más. Por ejemplo, suponer que la actividad anímica y la conciencia son consecuencia exclusiva de la interacción entre neuronas y cambios químicos en el cerebro. Aunque cueste entenderlo, esta concepción es filosófica y no científica en el sentido experimental del término. Por supuesto que hay actividad neuronal y cambios químicos cerebrales cuando pensamos y sentimos. Pero el reduccionismo mecanicista consiste en creer que estos últimos son sólo consecuencia de aquellos. Y que conste que no estoy pretendiendo quitar valor a esta creencia por decir que es filosófica, sino sólo poniendo las cosas en su lugar. De paso, Ortega sostenía la superioridad de la filosofía por sobre la ciencia por dos razones: la filosofía se ocupa de la totalidad del ser mientras las ciencias se ocupan sólo de fragmentos. Y porque, decía con tino, lo que el científico hace en el laboratorio no le sirve para esa compleja operación en que consiste vivir. La filosofía es el origen y madre de todas las ciencias, las que, por la pura necesidad de acotar sus respectivos objetos de estudio, fueron apartándose de ella a partir del Renacimiento.

Propio del paradigma mecanicista es hablar del mecanismo de acción de los medicamentos. Haciendo alusión evidente a la analogía con la máquina, aprieto este botón y más allá ocurre tal o cual cosa. En nuestro caso y simplificando mucho, la idea es que la molécula del medicamento se une a un receptor afín presente en la membrana de un grupo de células y desencadena una respuesta biológica. Por ejemplo, baja la presión arterial. O muere una célula cancerosa.

Por supuesto, hay muchísima evidencia científica que avala esta teoría. Y es en este punto donde la homeopatía encuentra la principal y natural fuente de críticas y desconfianzas. La elevada dilución de los medicamentos homeopáticos hace que su acción no pueda explicarse de esta misma manera.

Pero la pregunta aquí debería ser, considerando que hay evidencias científicas de que la homeopatía funciona, ¿no podrá ser diferente su mecanismo de acción que el de molécula-receptor? Avala esta idea la fascinante observación de los homeópatas de que los pacientes reaccionan al tratamiento de una manera general y como una totalidad, mejorando con un único medicamento problemas teóricamente inconexos y alejados, además del estado anímico y general. Esta reacción no se explica por medio de una respuesta local al estímulo de un receptor de membrana.

La homeopatía, ¿es ciencia o pseudociencia?

Es evidente que el prefijo pseudo hace referencia a algo que aparenta ser lo que no es. Es un claro mote despectivo que pretende descalificar, acusando de falsificación.

Bien, ¿es así? Resulta que la homeopatía nace con una clara metodología científica inexistente hasta ese momento: experimentar sistemáticamente las sustancias medicinales en sujetos sanos para conocer sus efectos. Y con una hipótesis luego sometida sistemáticamente a verificación: si una sustancia es capaz de producir determinados síntomas y desórdenes en un individuo sano, cuando se la administra en pequeñas dosis en un sujeto enfermo desencadena reacciones reguladoras, reparadoras y, en definitiva, curativas, aliviando síntomas y corrigiendo desórdenes similares a los que genera en el sano”.[2] A lo largo de su historia ha planteado otras hipótesis que ha podido demostrar o descartar. El corpus de investigación es frondoso. Las incluye de nivel físico, fisicoquímico, químico, básico en animales y plantas de laboratorio, células y tejidos; reportes de casos y de series de casos, estudios clínicos de tipo observacional, ensayos clínicos pragmáticos o controlados contra placebo u otros tratamientos, revisiones sistemáticas y metanálisis, estudios de costo-beneficio y estudios epidemiológicos. También estudios veterinarios y agronómicos. Todo debidamente publicado en revistas científicas revisadas por pares, especializadas o no en homeopatía, muchas de ellas indexadas en PubMed. En todos los niveles hay investigaciones con resultados positivos, negativos y no concluyentes, como corresponde a cualquier disciplina científica.[3-5]

¿Es perfecta y definitiva esta evidencia? Desde luego que no lo es, incluso por definición, porque la ciencia nunca es perfecta y definitiva. Pero impacta e interpela al establishment científico. Claro, frente a la cantidad abrumadora, la moda es cuestionar su calidad. Que siempre será perfectible, desde luego. Pero, un detalle: el único estudio que ha comparado la calidad de los ensayos clínicos homeopáticos con la de los ensayos clínicos convencionales, hecho con el sólo objeto de desprestigiar la homeopatía como se comprobó a posteriori, concluye que la calidad de los homeopáticos resultó ser superior.[6]

Otra curiosa injusticia histórica: el primer ensayo clínico aleatorizado contra placebo, publicado en 1943, es homeopático y antecede en 5 años al que la medicina convencional considera su piedra angular.[7]

Los niveles de evidencia en la investigación clínica

El concepto de niveles de evidencia fue introducido en medicina hace ya casi 40 años. Consiste en una escala que clasifica en un orden jerárquico de confiabilidad decreciente a la investigación clínica. Entiéndase bien: no significa que los resultados de las investigaciones de los niveles altos sean necesariamente más verdaderos que los inferiores, sino que tienen mayores probabilidades de serlo.

Es interesante constatar que todas estas escalas de niveles de evidencia colocan en el último peldaño la opinión de los expertos. Es decir, la experiencia directa, por más que sea considerada como prueba científica de menor valor, no es eliminada por completo como prueba.

También conviene tener en claro que estas escalas no son en sí misma científicas, en el sentido de que no son producto de la investigación, sino que han sido creadas por consenso entre investigadores. Prueba de esto es que no hay una sola escala sino múltiples, basadas en acuerdos de grupos diversos.[8] Los mismos que con su opinión de expertos diseñan la escala, asignan por consenso el más bajo nivel de evidencia a la opinión de los expertos. O sea, indirectamente le otorgan bajo nivel de evidencia a la escala misma. Gran gesto de honestidad intelectual.

¿Qué importancia tiene este tema? Pues resulta que los grupos de escépticos y también algunos ambientes académicos y científicos exigen hoy de los homeópatas que presenten exclusivamente pruebas del nivel de evidencia más alto. Que es, por supuesto, el más difícil de alcanzar. Esta exigencia es una doble vara respecto de lo que se exige de la medicina convencional y es intelectualmente deshonesta cuando no se aclara debidamente, ya que desprecia o ignora a priori toda la evidencia existente de los niveles que siguen al más alto como si no sirviera para nada y peor, no reconoce que en medicina convencional muchas cosas que se hacen, tal vez la mayoría, tampoco han aprobado este nivel supremo. De hecho, sólo el 18% de las guías de recomendaciones para los médicos de atención primaria están basadas en investigaciones del primer nivel de calidad, mientras que casi la mitad están sustentadas en la opinión de expertos o simplemente en la práctica habitual.[9]

¿Por qué algunos escépticos son en realidad pseudoescépticos y anticientíficos, y se comportan como una secta de fanáticos?

Me limitaré a describir algunas de las características más llamativas de este movimiento escéptico radical (muchos lo denominan pseudoescéptico) que ha conseguido ponerse de moda. Compare el lector con lo escrito más arriba acerca de la ciencia y notará cuan alejadas están sus actitudes y forma de pensar de las de los verdaderos científicos.

Los pseudoescépticos tienen postura tomada a priori. La homeopatía no funciona, no puede funcionar y punto. Poseen una serie de creencias definitivas acerca de las cosas y son incapaces de modificarlas en base a nuevas evidencias. Son ciegos a la evidencia que no coincide con sus creencias.

No dudan de que poseen la verdad y tienen derecho a imponerla. Esto incluye la burla, el desprecio, la agresión, el escrache y el desprestigio moral. Son militantes de la ciencia, auténticos activistas. Nunca antes se había visto que el ataque organizado fuera una actividad de científicos. La crítica fundamentada y racional sí, desde luego. Pero este no es el caso, donde sólo abundan las pasiones.

Hablan en nombre de la ciencia. Pero, como ya vimos, la ciencia no habla.

Se refieren a la ciencia como si esta se tratara de un corpus único y homogéneo de conocimientos que los habilitara a descripciones discursivas y unívocas acerca de toda la realidad.

Desconocen los límites de la ciencia, sus contradicciones y su provisionalidad. Al contrario, le otorgan el estatus de oráculo incuestionable y único conocimiento al que hay atenerse. No advierten la manera en que se aferran a dogmas y paradigmas que, tarde o temprano, caerán y serán reemplazados por otros, como ha sucedido siempre en la historia.

Utilizan habitualmente un doble estándar que los lleva a exaltar prácticas sin aval científico y a rechazar otras que sí lo tienen, simplemente porque tienen tomadas posturas a priori. Rechazan a la homeopatía como un todo, de la misma manera que aceptan los tratamientos convencionales como un todo. No entienden de la gama de grises que posee la realidad. Tanto en homeopatía como en medicina convencional hay tratamientos que funcionan y tratamientos que no funcionan. En todos los casos hay pruebas científicas a favor o carencia de ellas.

Desconocen que la ciencia es incapaz de demostrar la inexistencia de un fenómeno. Los más incautos repiten sin parar que está probado que la homeopatía no funciona, cosa que, por principio, es indemostrable.

Desconocen la validez y la importancia del conocimiento de lo individual. Desprecian, por ende, el valor de la experiencia.

Desconocen que no hay una única ciencia sino múltiples y, aunque sean verdaderos científicos y expertos en una minúscula porción de lo existente, creen que su saber les permite opinar sobre cualquier otro terreno. Peor aún, tienen la ilusión de que sus opiniones tienen validez científica.

Tienen un discurso monolítico sin disenso entre ellos. Todos saben cuál es la única e incuestionable verdad, e intentan imponerla de manera corporativa y coordinada.

Hacen uso de una de las más anticientíficas prácticas a las que se puede recurrir cuando se quiere demostrar de cualquier modo lo que uno cree. En lugar de buscar la verdad sin importar cuál esta sea, seleccionan las investigaciones científicas que confirman sus creencias previas y descartan las que las contradicen. ¿Un ejemplo? Dan por definitivo y suficiente un informe del gobierno australiano que concluye que, después de “evaluar rigurosamente más de 1800 investigaciones homeopáticas, no se encontraron evidencias confiables de que la homeopatía sea efectiva en ningún problema de salud particular”[10], al tiempo que niegan la existencia de un informe contemporáneo del gobierno suizo que, analizando la misma evidencia, concluye “en los estudios clínicos, teniendo en cuenta los criterios de validez interna y externa, la efectividad de la homeopatía puede ser vista como clínicamente evidente, y segura cuando es aplicada por profesionales certificados”[11]. Menos aún estarían dispuestos a reconocer que el “informe australiano” en realidad basa sus conclusiones en sólo 5 de las 1800 investigaciones que dicen haber revisado (el resto fueron eliminadas del análisis simplemente porque no les permitían llegar a las conclusiones deseadas) y que está bajo investigación gubernamental por fraude. Según afirma un investigador médico sueco, “para concluir que la homeopatía carece de efecto clínico, es necesario ignorar más del 90% de los ensayos clínicos disponibles”[12]

Confunden implausibilidad con imposibilidad. Todos sabemos que hay cosas imposibles. Ni los cerdos vuelan, ni atravesamos paredes. Pero cuando dudamos acerca de la existencia o inexistencia de un fenómeno, la probabilidad de existir que le otorgamos se llama plausibilidad. La plausibilidad está en nuestra mente, no en la realidad, la cual solamente puede ser o no ser. La evidencia que vamos encontrando modifica en más o en menos la plausibilidad que otorgamos a las cosas. Pero los escépticos utilizan implausible como sinónimo de imposible. Actitud muy poco científica en general y sobre todo habiendo evidencias que contradicen su creencia. Esto se traduce en afirmaciones del tipo “esta investigación es muy buena y no encuentro nada que criticar en ella. Pero los resultados no pueden ser ciertos porque la homeopatía no funciona ni puede funcionar”. Muy por el contrario, un buen ejemplo de honestidad científica es el de los investigadores que publicaron la primera revisión sistemática de la investigación clínica homeopática (1991). En la discusión del trabajo sostienen “La cantidad de evidencia positiva aun entre los mejores trabajos fue una sorpresa para nosotros. Basados en esta evidencia estaríamos listos para aceptar que la homeopatía puede ser eficaz si sólo el mecanismo de acción fuera más plausible” [13]. Con racionalidad, plantean sus dudas sin negar la evidencia.

Creen saber mucho mejor que los demás lo que a los demás les conviene. Presionan a las autoridades y organizaciones sanitarias para que simplemente se prohíba lo que graciosamente no les gusta. Si hicieran la larga lista de tratamientos médicos que en las últimas décadas fueron silenciosamente dejados de lado tras descubrirse que eran más perjudiciales que beneficiosos y si pudieran empatizar con la legión de pacientes y médicos que están felices con la homeopatía, se verían compelidos a relativizar sus creencias y a ser más humildes con sus pretensiones de salvaguardar la salud de la humanidad en nombre de la ciencia.

Los escépticos se proponen dudar. Quiero suponer que por eso estos grupos se autodenominan así. Pero hay un problema en su caso: nunca dudan de ellos mismos ni de sus creencias, sino exclusivamente de las ajenas. Es raro que haya disenso entre ellos. Y quienes no dudan de sus ideas y pretenden imponerlas a los demás, no son escépticos sino fanáticos. Siendo incapaces de tolerar a quienes no piensan como ellos, los toman por enemigos y buscan destruirlos.

En definitiva, nos encontramos frente a un grupo de personas autoritarias que se arrogan la calidad de científicos, pero que a cada paso que dan muestran que esto no es más que pura pretensión, porque de verdadera ciencia poco y nada. Pseudoescépticos y pseudocientíficos son palabras bien elegidas para ellos por la propia comunidad científica.

Referencias

  1. Zanotti Gabriel. Filosofía para mí. Ediciones Cooperativas, Buenos Aires, 2007. https://www.academia.edu/4209210/Filosof%C3%ADa_para_mi
  2. Eizayaga José. ¿En qué consiste la homeopatía? 3ª edición, 2018. http://homeos.org/que-es-la-homeopatia/
  3. Abanades Sergio, Durán Marta. Documento de actualización de evidencias científicas en homeopatía. 2013.  http://www.homeopatia.net/wp-content/uploads/2014/12/Actualizacion-evidencias-cientificas-homeopatia-Abanades-Duran.pdf
  4. Special Dossier: Scientific Evidence for Homeopathy. Revista de Homeopatia. http://revista.aph.org.br/index.php/aph/issue/view/42/showToc
  5. The current state of homeopathic research.  http://www.wisshom.de/dokumente/upload/41e2c_forschungsreader_engl_2016_ergschutzgeb%C3%BChr_180713.pdf
  6. Shang A, Huwiler-Müntener K, Nartey L, Jüni P, Dörig S, Sterne JAC, et al. Are the clinical effects of homoeopathy placebo effects? Comparative study of placebo-controlled trials of homoeopathy and allopathy. Lancet 2005; 366(9487):726–32. http://www.ncbi.nlm.nih.gov/pubmed/16125589
  7. Report on mustard gas experiments (Glasgow and London). 1943. Homeopathy 2011; 100(1-2):27–35. http://www.ncbi.nlm.nih.gov/pubmed/21459296
  8. Burns PB, Rohrich RJ, Chung KC. The Levels of Evidence and their role in Evidence-Based Medicine. Plast Reconstr Surg. julio de 2011;128(1):305-10.
  9. Ebell MH, Sokol R, Lee A, Simons C, Early J. How good is the evidence to support primary care practice? Evid Based Med. junio de 2017;22(3):88-92. https://www.ncbi.nlm.nih.gov/pubmed/28554944
  10. https://www.hri-research.org/wp-content/uploads/2015/07/NHMRC-Information-Paper-Mar2015.pdf
  11. Bornhöft G, Wolf U, von Ammon K, Righetti M, Maxion-Bergemann S, Baumgartner S, et al. Effectiveness, safety and cost-effectiveness of homeopathy in general practice – summarized health technology assessment. Forsch Komplementmed. 2006;13 Suppl 2:19-29. https://www.ncbi.nlm.nih.gov/pubmed/16883077
  12. Hahn RG. Homeopathy: meta-analyses of pooled clinical data. Forsch Komplementmed. 2013;20(5):376-81. https://www.ncbi.nlm.nih.gov/pubmed/24200828
  13. Kleijnen J, Knipschild P, ter Riet G. Clinical trials of homoeopathy. BMJ. 9 de febrero de 1991;302(6772):316-23. https://www.ncbi.nlm.nih.gov/pubmed/1825800

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