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A propósito de Orwell y Prigogine

Por Sol Ruiz

Nací en Ciudad Real y vivo en Valencia desde hace 37 años. Estudié Filosofía y Letras en Madrid y siempre sentí una fuerte atracción por la Medicina relacionada con la Filosofía, la Psicología y el Crecimiento Personal. Estudié también durante cuatro años Medicina Natural en Valencia, me formé como terapeuta alternativa y durante quince años impartí cursos y realicé terapias basadas en la meditación, el autoconocimiento y la escritura como medicina del alma. También soy escritora. La poesía, la narrativa y el ensayo son mi campo de trabajo y desde 2008 gestiono un blog que he titulado «El cesto de las chufas» en el que trato de compartir sobre todo conciencia, como en los libros de poesía. A la homeopatía, a esa Medicina humanísima, tan eficaz y completa como sabia, le debo una gran parte de mi bienestar y de mi crecimiento como ser humano.

Dice Orwell que desde la Prehistoria las sociedades humanas se dividen en tres medidas: los altos, los medianos y los bajos y que la dinámica siempre ha sido la misma. Los altos son los que tienden a mandar y a imponerse por la fuerza con leyes y normas que buscan más su provecho que el bien común. Pronto se hacen con el poder, porque a los medianos y bajos les resulta cómodo que les organicen la vida sin complicarse o porque no se plantean siquiera otra cosa mejor. Les ceden su poder y su responsabilidad a cambio de no tener que molestarse participando en algo decisivo ni en reclamar nada. Pero con el poder los altos se desgastan, se corrompen y su misma avaricia insaciable los acaba agotando, así llegan las crisis, entonces es cuando los medianos toman el relevo y se convierten en los nuevos altos con lo que la situación nunca mejora, porque sigue habiendo una mayoría de bajos eternamente oprimidos, que no tienen medios ni herramientas para rebelarse, por ello son esclavos siempre y si en su situación acabasen por rebelarse el resultado sería siempre el exterminio o en la casi imposible hipótesis de que derrotasen a los medianos-altos, el caos, las venganzas y el desastre sería el resultado final. Ahí se queda el escepticismo empírico de G. Orwell, pero no la evolución del hombre.

Hay soluciones que aunque requieren esfuerzo, trabajo y cambios de mentalidad, son totalmente posibles. La solución pasa porque los medianos cuando tomen las responsabilidades de organizar la sociedad no se encastillen en su papel y no se corrompan tratando de imitar a los fracasados y anacrónicos altos. Sino que pongan todo su interés en que los desbaratados altos se reeduquen y ‘bajen’ a su humanidad natural y así lograr que los bajos se hagan medianos y salgan de su estado vegetativo social. Eso se consigue, sobre todo, con la educación. Por eso mismo, es uno de los derechos más importantes en una sociedad civilizada, en la que se trata de erradicar la miseria y de que cualquier persona disponga de todo lo necesario para no sólo vivir materialmente con dignidad, sino también para poder desarrollarse en inteligencia, capacidades y potencial. ¿A cuántos genios, potenciales descubridores científicos, médicos, abogados, artistas, pensadores, grandes políticos, legisladores y economistas, reformadores sabios, grandes pedagogos y magníficos seres, habrá condenado la desigualdad social a un anonimato miserable y a un eclipse total por no haberles dado la oportunidad de desarrollar sus talentos en una educación integral, pública, libre, gratuita y aconfesional? Una educación que sea básicamente integradora desde el descubrimiento paulatino e individual del «sí mismo» vinculado al mismo tiempo con el Nosotros desde la infancia. Una sociedad evolucionada, cívica y ética debe ser alta en valores humanos, con sus valores inseparables, y en inteligencia emocional bien equilibrada mediante el trabajo concreto y diario, por el bien común, debe ser mediana en consumismo, dispersión, superficialidad y pérdidas de tiempo en lo que no alimenta y baja en ignorancia, egoísmo, fanatismo, dogmatismo, pereza e indiferencia.

Ahora los españoles, los europeos del Sur, y el Planeta entero, estamos en la tesitura de que, una vez corrompidos e inutilizados los altos, sean los medianos quienes tracen el futuro cambiando el presente y haciendo que los bajos despierten y cooperen. Se eduquen y saquen de sí mismos todo lo mejor que poseen y desconocen. Los medianos despiertos son los éticamente indignados, los que ya no se resignan a un mundo tan agotado, tan enfermo y tan cutre. No quieren que se repita la misma historia. Han podido estudiar y desarrollarse sin perder el alma todavía, si no entran en el juego pérfido y depredador de los altos que les tienta y les ofrece cada vez más «sobres» por olvidarse de su humanidadDeben buscar la unidad y la solidaridad para que nunca más haya escalones en los que unos vivan a costa de machacar a otros y el resultado deje de ser el mismo que en el Paleolítico. Como ha sucedido hasta ahora.

No basta con que recuperemos el equilibrio económico, los derechos y las libertades, sobre todo hay que conseguir que nuestras aspiraciones crezcan en el alma y en la inteligencia. En la lucidez saludable de lo sencillo y lo profundo. Eso nos hará clarividentes, despiertos y prevenidos. Será nuestra mejor vacuna. Que no nos baste con una sociedad materialmente rica y cómoda pero infeliz, injusta, desigual e incierta, tóxica en tantos aspectos, porque solo la saturación de objetos y herramientas «mágicas» y «seguras» no nos hace avanzar sino involucionar si es que no hemos desarrollado la consciencia con la que construir el auténtico bien común, que es mucho más que riqueza financiera, estabilidad laboral y mercado abundante, vacaciones, apariencia y despilfarro sin ton ni son. ¿Qué valor tiene cualquier aspiración consumista, tecnológica, política, financiera o dogmática, si cualquier día un virus se desmadra, una crisis repentina arruina a medio mundo, un accidente nuclear o una guerra despiadada pueden llevarse por delante miles de vidas humanas y contaminar lo que no ha destruido de golpe?

Es necesario que cultivemos el territorio interior para que el exterior tenga sentido consciente y recursos adecuados con los que vivir sin pánico, sin ansiedad, sin deseos enloquecidos e ilusorios que crean dependencia desde la rutina inconsciente, experimentando la vida sin necesidad de poder, de oprimir y manipular para reafirmar nuestro ego, sino para ir descubriendo que la Vida es mucho más que vegetar en el usufructo del tiempo, el espacio y la biología, que la felicidad es algo más consistente, rico y hermoso de lo que creemos; que la consciencia nos lleva a descubrir y desarrollar herramientas cognitivas para nuestra evolución, precisamente cuando tocamos fondo mediante la entropía resultante del desgaste sistémico, nos vemos obligados a elegir entre el finiquito como especie o ir descubriendo lo que el Nobel de Física Ilya Prigogine define como ‘estructuras disipativas’ capaces de emplear la propia entropía para evolucionar y crear el punto de bifurcación imprescindible desde el que seguir adelante, pero en otro registro más evolucionado y adecuado a nuestras nuevas necesidades más inteligentes y humanizadas que las de viejo cuño, ya demostradamente agotadas, devaluadas y convertidas en verdaderas rémoras, que pueden llegar a aniquilar la  misma Vida en todas sus manifestaciones.

No se trata tanto de buscar por el espacio un planeta nuevo en el seguir en el mismo plan destroyer, -de nada sirve cambiar de lugar si nos llevamos el mismo equipaje vital- sino de descubrir nuevas respuestas y valores necesarios para nuestra nueva conciencia colectiva e individual. El descubrimiento que nos puede ayudar a ese cambio es de índole interna y requiere nuestro empeño y canalización adecuada desde nuestro libre albedrío, que al ser asumido y orientado en el plano autoconsciente, nos hace cambiar la mente, las emociones y las conductas, es decir, la relación con nuestro entorno vital. Empezando a comportarnos con el mundo en que habitamos como verdadera y viva homeopatía antropológica, en vez de continuar en modo coronavirus suicida.

Seguramente Orwell no pudo entrever un panorama semejante. Aún no era el tiempo de descubrirlo. Ahora sí lo es.

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