Hablando de homeopatía

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¿Está la medicina deshumanizada?

Para la amiga de Idoia

En leído en la newsletter de Madrid, escrita por un grupo de redactores del diario El país, un artículo interesante y a la vez preocupante de Iodia Ugarte titulado Guapas hasta la enfermedad, en el que se pone énfasis en la deshumanización médica en un servicio de oncología de la salud pública madrileña.

Lo que describe Idoia Ugarte en su artículo no es nuevo, ni siquiera reciente, porque llevamos más de cincuenta años soportando esta falta de humanidad.

En el año 1973, antes incluso de que comenzara mis estudios de medicina, Ivan Illich, pensador austriaco, muy crítico con las instituciones, y de gran lucidez, había publicado un libro titulado Némesis médica, un texto que comenzaba con esta significativa y dura frase: La medicina institucionalizada ha llegado a convertirse una grave amenaza para la salud.

En 1992 la periodista norteamericana Lyn Payer, puso el dedo en llaga sobre uno de los problemas de mayor importancia para la cosificación de la medicina, que no ha parado de crecer; la invención de las enfermedades por la industria farmacéutica y sus aliados con la publicación del libro titulado Disease-Mongers: How Doctors, Drug Companies, and Insurers Are Making You Feel Sick.

Desde entonces, los niveles analíticos y las cifras de tensión arterial necesarios para convertirse en enfermo han disminuido de forma alarmante y los criterios de la Sociedad Americana de Psiquiatría (DSM V) han convertido a la mitad de la población en enfermos mentales, consumidores habituales de psicofármacos.

Veinte años después del texto de Illich, el clínico y profesor de medicina de origen checoslovaco Peter Skrabanek, confirmó la muerte de la medicina humana con su libro titulado The Death of Humane Medicine and the Rise of Coercive Healthism (La muerte de la medicina con rostro humano). Corría el año 1994 y la situación tendía a empeorar porque no se habían puesto en marcha los medios necesarios. Ni preocupaban ni interesaban a los poderosos. Los ideales de la medicina y de los médicos habían cambiado, y para la sociedad en su conjunto se habían pervertido. La salud y la vida podían ser mejorados de modo increíble con los avances médicos, pero también podían empeorar por sus acciones.

En medio de estos dos fundamentales libros para entender la deshumanización de la medicina, apareció en 1978 (y luego en 1988), un texto imprescindible de la humanista norteamericana Susan Sontang, titulado La enfermedad y sus metáforas. El sida y sus metáforas, en el que narra la forma inhumana que tuvieron la mayoría de las sociedades de encarar el sida en los ochenta. Algo que puede entenderse bien leyendo al periodista francés Hervé Guibert, o viendo Philadelphia, la película de Jonathan Demme de 1993.

Este libro de Sontang, se ha vuelto a poner de actualidad treinta años después, con el belicismo imperante por parte de los gobiernos y autoridades sanitarias durante la pandemia del coronavirus. Parece que no hemos aprendido nada.

En los últimos años de este siglo XXI, se ha creado un amplia corriente médica focalizada en un tipo de práctica clínica diferente: centrada en el paciente; y por ello más segura y humana, así cómo, en el necesario cuidado de los servicios públicos de salud, actualmente en riesgo.

¿Por qué se ha deshumanizado la medicina?

La saturación de los servicios sanitarios fruto de una mala planificación gestora y política durante décadas y el trabajo funcionarial de los profesionales dirigido sobre todo a cumplir con las exigencias de los gestores en prácticas y registros, como si todo fueran números en vez de personas que necesitan atención, escucha y afecto (aspectos que no quedan escritos en ningún registro ni forman parte de las evaluaciones periódicas de la buena práctica clínica), la ausencia de formación humanista de los médicos en las universidades y la escasa formación en comunicación de los estudiantes y los médicos residentes, el énfasis en la biología en vez de la biografía de las personas enfermas, el culto la tecnología y la incentivación perversa dirigida a las cifras y el ahorro fundamentalmente, son las principales causas de la medicina deshumanizada de la actualidad.

No es ni lógico ni sensato ni eficiente y tampoco humano que un médico oncólogo tenga que atender a 40-50 pacientes en una jornada, ni que ningún profesional sanitario pueda asumir un trabajo en cadena como si de una fábrica de tornillos se tratase.

Indudablemente, esta situación cotidiana, es fruto de la desidia política que ha reinado en nuestro país durante décadas. Preocupados exclusivamente por la foto del día en la inauguración de nuevos centros o nuevas tecnologías y en evitar la queja y el escándalo de los usuarios, se ha descuidado la planificación de las necesidades de profesionales sanitarios en el futuro (en los próximos años las jubilaciones dejaran un importante vacío) y su formación, y se ha permitido que una gran mayoría de ellos tengan que transitar de trabajo en trabajo sin continuidad, con plantillas frecuentemente escasas y cambiantes.

Además, para agravar el problema, una parteimportante de la inversión en la formación de médicos especialistas se ha tirado a la basura, porque muchos de ellos han tenido que emigrar a otros países. 

Por poner un ejemplo, un reciente estudio noruego que incluyó a toda la población de ese país demostró que la continuidad (tener el mismo médico de cabecera durante más de 15 años) reduce la mortalidad un 30%. ¿Hay algo comparable para cuidar a los demás? No, pero a ellos ni les importa, ni se han dado por enterados. Si fuera un fármaco, sería noticia durante días, semanas y años. Pero solo son médicos de atención primaria. ¡Qué cosa tan aburrida!

Todo ello, dificulta una buena asistencia a los pacientes. Faltan médicos o están mal distribuidos, falta continuidad en sus puestos de trabajo (lo que dificulta la investigación y una atención de calidad) y la tendencia generacional con las jubilaciones y la emigración, es a empeorar.

En ese contexto, el paciente se ha objetualizado, se ha convertido en un número perdiendo su nombre e identidad hasta el punto de que muchas veces se siente cosificado. Salvo ellos mismos, parece que nadie en el sistema valora la calidez, el respeto, el afecto o la compasión necesarios en la prestación de unos adecuados servicios sanitarios.

He sido, testigo de ello en múltiples contextos, como médico residente y médico de familia, como familiar o paciente, e incluso como gestor de formación cuando mi propuesta de aprendizaje para los médicos residentes en comunicación y bioética fue rechazada por los jefes clínicos al considerarlo absurdo e irrelevante. Me quedé, con la idea de que ellos pensaban que los médicos no lloran, solo operan e interpretan pruebas. ¡Qué pena!

La industria, el capital, la propia sociedad consumista, las redes sociales y los medios de comunicación han contribuido de forma importante durante las últimas décadas del siglo XX y lo que llevamos del XXI a medicalizar la sociedad creando un pensamiento único centrado en la omnipotencia de la ciencia (como una nueva religión) y en la invulnerabilidad de la medicina, con su precisión y su capacidad de curar todo, saliendo de ello, un monstruo tecnológico muy alejado de la realidad.

Porque, y la investigación lo confirma, en el año 2023, el 90% de la información que precisa el médico para llegar a un diagnóstico se encuentra en la escucha de la historia narrada por el paciente (biografía), y en lo que el médico ve, ausculta y palpa en la exploración física. Sin embargo, todos, incluidos los médicos, piensan que cuantas más pruebas, más costosas y novedosas mejor.

La incertidumbre, muy a nuestro pesar, sigue siendo una constante en las consultas de los médicos y en las plantas de los hospitales. Convivir con ella es necesario, compartirlo con los pacientes clave, porque la medicina no es una ciencia exacta y cada paciente es único.

Desde hace décadas salen en las revistas el ranking de los mejores médicos del año, como si de un concurso de modas o de artistas de cine se tratase. Esta frivolización de la asistencia médica, a la que a veces los propios profesionales se prestan es un fiel reflejo de la pérdida de identidad de una profesión centrada en la vocación y en un servicio para el que le humildad es un imprescindible requisito.

Pero, se explica, porque desde los primeros años de carrera nos han adiestrado en la competencia, en la lucha por el poder y el prestigio. Quizás, ese sea el principal error en la formación de personas que ayudan a personas.

Cuando la llama de la fe se apague, y los doctores
No hallen la causa de su mal, señoras y señores
Sigan la senda de los niños y el perfume a churros
Que en una nube de algodón dulce le espera el Furo

Juan Manuel Serrat

¿Podemos volver a humanizar la práctica médica?

Cuando pensé en escribir estas letras me vino a la memoria esta canción de Serrat que tanto había escuchado en la adolescencia, y cuyo texto es tan inspirador en estos tiempos difíciles en el que todos necesitamos una mano amiga que nos sirva para tomar decisiones en los momentos más duros.

Más allá de las estrategias de humanización propuestas por los servicios de salud de las distintas comunidades autónomas, y que al menos en mi opinión parecen más de lo mismo: documentos, reuniones y despachos; la medicina humanista debe centrarse en una vuelta al hipocratismo.

Es preciso, que el médico disponga de tiempo, formación y recursos para poder llevar a cabo una práctica clínica capaz de aunar las fortalezas de la tecnología y el avance científico con el conocimiento profundo de la ética y las habilidades comunicacionales que faciliten una forma de actuar centrada en valores.

Hemos olvidado la máxima hipocrática de primero no hacer daño, y eso se ve en las consultas, en las urgencias de los hospitales y en la manera de planificar la atención sanitaria. Los ancianos ingresan frecuentemente por los efectos secundarios de los fármacos, el consumo de antidepresivos y ansiolíticos es preocupante y va en aumento, y en los países desarrollados los médicos hemos llegado a ser la tercera causa de muerte tras las enfermedades cardiovasculares y el cáncer.

Existen en la actualidad, verdaderas propuestas de humanización como la llevada a cabo por Gabriel Heras, médico intensivista, pero estas iniciativas aisladas deben extenderse y calar en gestores y profesionales.

Para humanizar la medicina es preciso comenzar por la base, la educación que es lo que hace fuerte y le otorga capacidad de decisión a una sociedad democrática. La formación en valores y en autocuidado en la escuela, en los institutos y en las universidades, puede ser de gran ayuda para emplear de forma apropiada los servicios sanitarios y cuidar la salud personal y la de las familias. Volver al autocuidado de la época de nuestras abuelas es imprescindible para poder mantener un sistema sanitario.

El fomento de un espíritu crítico en los jóvenes podrá impedir el actual contagio de los mensajes que reciben en los medios y redes sociales y que pretenden convertirles en consumidores, enfermos y víctimas de los medicamentos.

La formación de los profesionales sanitarios debe cambiar, incluyendo en los planes de estudio una sólida formación en humanidades, en comunicación, en bioética y valores, que han demostrado su utilidad en los resultados del trabajo cotidiano de los médicos. Tanto los pacientes, como ellos salen más satisfechos, disminuyen los errores y las posibilidades de llegar a un diagnóstico correcto y un tratamiento adecuado aumentan.

Es imprescindible un cambio radical en la política de planificación sanitaria en nuestro país que permita la existencia de plantillas equilibradas, profesionales cuidados por el propio sistema, satisfechos de su trabajo, con tiempo suficiente para atender a sus pacientes y un tipo de incentivación que promueva la excelencia en vez del ahorro y los números (a veces incluso falsos) de los registros.

La medicina humanista será aquella capaz de aunar saberes desde la humildad, la prudencia y el conocimiento científico, contando con la opinión del paciente, la experiencia del médico y el cuidado del medio ambiente.

Una medicina de la escucha, de la sintonía, de la armonía y la presencia, que hará posible esa necesaria transformación en una medicina virtuosa centrada en hechos y en valores, segura, compasiva y narrativa.

Una práctica que desde la enseñanza en las facultades mire al presente y al futuro. Necesariamente integra, sin conflicto de intereses ni contaminación por parte de la industria farmacéutica, cuya misión y visión se dirijan al cuidado de la salud individual y colectiva.

Y que además sea integral, comprendiendo a la persona desde una perspectiva biopsicosocial, integrada, por ser accesible a todos, equitativa y justa e integrativa empleando los recursos disponibles en función de la mejor opción en cada momento y con cada paciente.

Podemos volver a una medicina humana

La amiga de Idoia ha echado en falta la figura de un profesional que le dé la mano durante esta dura travesía (afecto), le resuelva las infinitas dudas que van surgiendo (información y escucha) , desde un prisma más emocional (empatía y compasión) y holístico (contemplando todas las opciones que pueden ser de ayuda sin prejuicios), para que cada consulta no sea un mero trámite.

Todos necesitamos y queremos ser atendidos por ese tipo de profesional. Me constan, que existen en nuestro sistema sanitario público y que intentan superar todos los obstáculos que les ponen diariamente para prestar una atención de calidad y humana.

Les diría, tanto a Idoia como a su amiga, que no están solas. Muchos profesionales sanitarios venimos defendiendo desde décadas lo que ellas piden. Los pacientes y la mayoría de los médicos estamos con ellas, pero, es preciso e incluso urgente, como dice el profesor Montori, que ambas partes hagamos la revolución, que nos rebelemos contra la industria farmacéutica, los políticos, los gestores y todos los poderes del capital creados por el neoliberalismo para conseguir de una vez por todas lo que necesitamos: una atención médica humana.

Debemos hacerlo, porque desafortunadamente, su experiencia no es única, porque es justo y necesario, y, además, es posible.

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