La mano es la herramienta del alma, su mensaje,

y el cuerpo tiene en ella su rama combatiente.

Miguel Hernández

Las manos

Cuando los ojos están sin luz, el tacto y el oído ocupan su lugar. Las personas perciben la luminosidad de la vida y la oscuridad de la enfermedad a través de los otros. Y ese otro, a menudo, es el médico.

Muchos pintores a lo largo de la historia han representado al médico centrándose en sus manos1, en actitud de tener asida la mano del paciente como puente de enlace entre ambos y símbolo significativo del acto médico.

Manos que unen. Manos que exploran, diagnostican y consuelan.

Usar las manos, tarea del médico

El arte y la vida, la consulta de cada día y con cada paciente me han servido para entender que esa es la tarea del médico, usar las manos, los ojos y el corazón.

Carlos aparece en la sala de espera con sus gafas de sol a primera hora de la mañana de un día de invierno.

Es un hombre joven de 35 años que viene a consulta de forma periódica por estar de baja laboral debido a enfermedades oftalmológicas que han provocado una importante disminución de agudeza visual que le incapacita para el trabajo. Ve con mucha limitación hasta el punto de haber tenido que acudir a la Organización Nacional de Ciegos solicitando ayuda.

Hablamos de su mundo visual, las molestias que la luminosidad le produce, sus amigos y familia en cada encuentro, sabiendo ambos que desafortunadamente no parece existir una solución para su enfermedad que le permitiera una vida socio laboral supuestamente normal.

Pero podemos todavía utilizar en cada encuentro un lenguaje visual e incluso despedirnos con un nos vemos el día 15 del próximo mes.

Antonia es una mujer de 60 años, trabajadora y cuidadora de su padre anciano y enfermo. Viven los dos solos desde que su madre falleció, pero ahora tiene dificultades para cuidar de él por su problema visual.

Está de baja laboral y en nuestros encuentros debatimos sobre una intervención quirúrgica con riesgos y posibles beneficios de modo que la decisión es difícil.

Si no se opera, su visión le impedirá trabajar y necesitará ayuda para cuidar a su padre. Si se opera puede mejorar su agudeza visual, pero también puede que no haya mejoría. Y después de la cirugía tendría que estar semanas boca abajo y sin poder atender a su padre.

Lawrence Alma-Tadema (1836-1912). Dr. Washington Epps, my Doctor (1888)

Después del diálogo, se quita las gafas, como dando a entender con su gesto, que la poca vista que pueda recuperar compensará los riesgos e incomodidades.

Nos despedimos con un cálido apretón de manos. Parece que soy la única persona con la que puede compartir su frustración, su preocupación y su dolor.

Pero yo también siento impotencia y rabia por no poder hacer nada más que escuchar y tender mis manos.

La paciente toma de la mano a quien considera que la cuida2.

Mercedes tiene 93 años y hace pocos meses que ha sido intervenida de un cáncer de colon que le había quitado el apetito, la energía y las ganas de vivir.

Aún recuerdo aquel primer día cuando acudió a mi consulta acompañada de su sobrina. Estaba muy cansada y no tenía ganas de comer por lo que a su edad presentía que la vida se apagaba.

Las manos aparecieron entre ella y yo cuando le ayudé a caminar hacia la camilla y al explorar su abdomen duro y con dolor por la presencia de algo que hacía presentir un tumor.

Desde aquel día, nuestros encuentros fueron largos, llenos de su filosofía y de circunloquios para negar una cirugía que parecía apropiada a pesar de sus muchos años. Muchas preguntas y sobre todo muchos silencios en cada encuentro. Y manos que nos permitían sentir la proximidad entre ambos.

Y tras cada encuentro las dudas. Dudas sobre la idoneidad de mis recomendaciones, sobre la necesidad del tratamiento quirúrgico, sobre la comunicación que establecía con ella; una mujer muy anciana, con dificultades visuales y acústicas importantes.

Y después llegaron otras manos. Manos de cirujana cálidas y convincentes. Manos de cirujana que obraron la posibilidad de curar una enfermedad neoplásica en una mujer muy anciana que tenía dudas.

Ayer, acudió de nuevo a verme con su sobrina y su sobrina nieta. Después de la operación se sentía bien, los análisis eran normales sin rastro de aquella anemia franca de meses anteriores, el TAC no mostraba rastro de la enfermedad y ella repetía que nuestra insistencia había posibilitado lo que ahora yo veía y compartía con ella. Me hacía culpable y partícipe de su decisión última y expresaba de un modo recurrente pero con su abigarrado lenguaje un agradecimiento.

Sus gafas de cristales muy gruesos y su mirada sin fijar denotaban su limitada visión. Para entrar en contacto me pidió de forma directa las manos. Después, estuvimos varios minutos con ambas manos entrelazadas, firmes y sujetas como si viajáramos en la misma embarcación y de ello dependiera nuestra seguridad.Su familia y la estudiante que me acompañaba en la consulta fueron testigos de una comunicación intensa y prolongada con las manos.

Esas manos, ahora arrugadas que habían amasado pan, cuidado y acariciado. Esas manos que seguían atándola firmemente a la vida. Porque ella lo había decidido.

Luisa muestra sus ojos glaucos al quitarse las gafas de sol. Su vista son sus seres queridos que le acompañan. Tres personas esta mañana.

Es una paciente nonagenaria que conozco desde hace casi un año, nada más llegar a mi actual centro de salud.

Meses antes de que yo la conociese le diagnosticaron un tumor lingual que pese a ser operado reapareció y sigue su curso con un crecimiento duro, lento e insidioso.

Es una gran masa que duele, amenaza con provocar supuración, impide hablar con fluidez de modo que es difícil comprenderla y genera dificultad para comer, náuseas y un mal aliento que le disgusta claramente.

Mucho tiempo y muchas consultas de complicidad han dado paso a la posibilidad de saber de ella todo lo que necesite para ayudarle en su proceso, que asoma terminal por la imposibilidad de curación de su enfermedad.

Hablamos poco del dolor porque está cansada de tanto número y escala visual que no puede ver y no le resulta nada analógica. Prefiere hablar de nosotros y de la relación que nos une en la consulta y posiblemente nos seguirá uniendo en su domicilio.

Cuando hablamos debo acercarme mucho a ella por su sordera, fruto de la edad y la propia enfermedad, y en esa proximidad para conectar juntamos las manos.  Rodeo su silla, me acerco por detrás y mientras palpo su mal, le pregunto y procuro emplear palabras amables, afectuosas y de aliento.

Las manos nos conectan sin necesidad de palabras. Abrazos al despedirnos y besos que presagian una travesía juntos completan la comunicación que mantenemos como un hilo invisible que solo desaparece al cerrar la puerta, porque sigo acariciando su brazo mientras sale muy lentamente de la consulta acompañada de su familia.

Estas cuatro personas tienen en común su dificultad visual, por lo que se hace necesario el empleo de otros sentidos en la comunicación. Sin embargo, no es necesario que el paciente sea ciego o presente un importante déficit visual para que las manos constituyan una parte importante de nuestra comunicación.

Para los médicos, el instrumental -el reluciente estetoscopio cromado, el otoscopio, el oftalmoscopio, el martillo de reflejos…- no es tanto un conjunto de instrumentos para examinar el cuerpo cuanto unas herramientas para establecer contacto3.

El contacto físico tiene tres modalidades en la consulta4: el contacto social cuando médico y paciente se saludan o despiden con un apretón de manos, el toque de consuelo en el brazo o en el hombro ante el sufrimiento y el dolor que el paciente trae consigo a la consulta del médico y la palpación del lugar de los síntomas y la exploración física en general como forma de comunicación entre ambos y de reconocimiento de la humanidad del paciente.

Sabemos los médicos, o deberíamos saber, que los pacientes necesitan ser tocados5. Saberlo porque nos lo dicen con frases como: me auscultó a través del jersey, ni me ha mirado, no me ha explorado, solo me hicieron las radiografías pero el médico ni me tocó.

Saberlo, porque nosotros también somos pacientes y cuando lo somos necesitamos ser tocados. Sentir identificado el lugar de nuestro mal, de nuestro dolor, la cicatriz de nuestra cirugía, nuestro pesar y nuestros miedos.

Si realmente es así, si el paciente necesita nuestra mano tendida en cada encuentro, el único modo de prestar una atención clínica adecuada es la que incluya el contacto antes, durante y después de la consulta.

Utilicemos las manos. No tan solo para teclear el ordenador, extender una receta o para tomar en ellas el otoscopio, sino para reconocer al otro.

Porque en nuestras manos está el principio y fin de la terapia.

Tocamos para aliviar, para consolar, para acompañar y sin duda, para curar.

Bibliografía:

  1. Risak E. El ojo clínico. Editorial Labor. Barcelona. 1942.
  2. Winckler M. Le choeur des femmes. Folio. 2011.
  3. Shem S. Monte Miseria. Editorial Anagrama. Barcelona. 2000.
  4. Heath I. Ayudar a morir. Editorial Katz, Buenos Aires. 2008.
https://www.youtube.com/watch?v=IhLGTLrwKZI

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8 Comments

  1. Avatar Gualberto el 12 febrero, 2020 a las 3:23 am

    Hay una conferencia TED que me conmovió, en relación con la importancia de tocar en la relación médico-paciente, tanto por el aspecto clínico de la exploración como por el aspecto ritual y simbólico de la relación.

    A continuación el enlace a la versión subtitulada en español:
    https://www.ted.com/talks/abraham_verghese_a_doctor_s_touch?language=es

  2. Avatar M. Esther torrellas el 12 febrero, 2020 a las 10:35 am

    Como siempre un placer tus relatos. Gracias.

    • Avatar jose ignacio el 19 febrero, 2020 a las 8:44 pm

      Muchas gracias Esther por tu lectura y comentario.

      Besos

  3. Avatar Guillermo Basauri el 12 febrero, 2020 a las 11:58 am

    Muchas gracias por este nuevo post tan lleno de esa humanidad tuya. Me ha emocionado leerlo.

    Un abrazo querido amigo.

    • Avatar jose ignacio el 19 febrero, 2020 a las 8:43 pm

      Gracias a ti, Guillermo por tus palabras y por tu lectura.

      Abrazos

  4. Avatar sol ruiz el 14 febrero, 2020 a las 3:27 pm

    Qué profundidad y qué inteligencia reparten estas reflexiones, querido José Ignacio. Las manos que cuidan, que conectan, que enseñan y aprenden en el mismo con-tacto. El milagro de la conexión energética, empático-espiritual, que puede transformar tantas veces la materia que toca. La “em-pathía” es la divina conexión profunda y sabia que comprende, muy distinta de la mera “sim-pathía” que es asumir el estado del otro como cómplices, solo desde las emociones, sin aportar la comprensión del sentimiento, un estado de más potencia evolutiva, que puede ayudar al cambio que nos mejora. No es magia, es amor que construye. Los verdaderos médicos sois expertos en ello. Las manos como antenas de la conciencia y caminos del corazón. Y para rematar, ese vídeo completísimo. Muchas gracias por estos cuidados gráficos y sonoros,que también reconfortan y sanan, un tratamiento imprescindible en un mundo tantas veces disperso en la despistada periferia de la esencia fundamental.
    Un abrazo enorme

    • Avatar jose ignacio el 19 febrero, 2020 a las 8:43 pm

      Querida Sol:
      Muchas gracias como siempre por tus lecturas con tanta pasión y con tanto amor por nosotros y nuestros textos.
      Muchos besos

  5. Avatar jose ignacio el 19 febrero, 2020 a las 8:45 pm

    Gracias por el estupendo enlace que complementa el texto.

    Abrazos

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