Hablando de homeopatía

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Bullying y suicidios. Cómo abordarlos desde una perspectiva integradora.

En una época de mi juventud tuve mucho interés (seguramente malsano) de interesarme en aquellos artistas (escritores y poetas, sobre todo) que se habían suicidado. Y qué habían hecho o dicho antes de retirarse del mundanal ruido…Época existencial supongo…

Así me emocioné con los últimos poemas de Alfonsina Storni, que se tiró desde el espigón de Mar del Plata aunque la leyenda le atribuye el internarse poco a poco en las aguas…

  • Violeta Parra de un disparo en la cabeza (igual que Hemingway)…La misma que un año antes daba “gracias a la vida /que me ha dado tanto…”, ese poema que después se convirtió en canción famosa…
  • C. Pavese, aquel del conmovedor “vendrá la muerte y tendrá tus ojos…” ingiriendo barbitúricos en una habitacionzucha de hotel después de haber hecho varias llamadas infructuosas y escribiendo poco antes en su diario: “…basta de palabras. Un gesto. Ya no escribiré más.”
  • Yukio Mishima haciéndose un seppuku ritual (abrirse el vientre con un puñal) y hasta tres posteriores decapitaciones porque no acertaron bien…
  • Sylvia Plath metiendo la cabeza en el horno de gas después de haber dejado cuidadosamente el desayuno de sus hijitos, a los que tanto quería, por si cuando se despertasen tuviesen hambre…
  • Virginia Wolff arrojándose con piedras en los bolsillos al rio Ouse…

En fin que no sigo para no amargarles el día….

Mucha gente, artistas o no, que por sus experiencias vitales, por su sufrimiento que sólo es suyo, llegaron a  ese momento de desesperación (o aceptación, vaya usted a saber) que les hizo tomar esa decisión, y ninguno de nosotros somos quienes para juzgarles o incluso estamos exentos de ello… Ya dijo Séneca que “el suicidio es el acto último de un hombre libre” y Camus que “el único problema filosófico verdaderamente serio es el suicidio”.

Y ya se sabe que el suicidio es una de las causas más importantes de muerte según las estadísticas que no se publican para no favorecer el efecto contagio, efecto ya mostrado a lo largo de la historia en tantas ocasiones como cuando se publicó la novela “Werther” de Goethe y la ola de suicidios que siguió entre los jóvenes. O más reciente con el de Marilyn (qué ojos más tristes, más allá del glamur, cuando nos fijamos bien en las fotos de sus últimos años) o Kurt Cobain.

También leía mucho a autores como Cioran (“Del inconveniente de haber nacido”, ya es un título bastante elocuente) y otros no precisamente reconciliados con la vida. O sea, que con esto quiero decir que no me dejo impresionar fácilmente con estos asuntos. Pero tengo que confesar que hace pocas semanas me quedé totalmente chocado al leer la carta de ese niño de Madrid de once años que se quitó la vida saltando desde un quinto piso. Quizá tuviera que ver con coincidencias personales, un niño de la misma edad, o que una cosa es haber tenido o sufrido muchas experiencias o dolor en tu vida de adulto pero te preguntas cuántas tan terribles (aunque el sufrimiento es personal e intransferible) ha podido tener un niño de esa edad de clase media en una sociedad occidental. Y todo además cuando, por lo que parece (eso nunca se sabe del todo) que la causa desencadenante y principal es eso del bullying, el acoso escolar.

No sé qué pasa con esto del acoso. Cada vez más gente consulta con este difícil problema. Difícil porque implica a mucha gente. Yo creo que siempre  ha existido, siempre ha habido los típicos matones en el cole que se ensañaban con alguien o que hacían a alguien objeto de chanzas y burlas. Pero entonces quizá estaban más repartidas. Y el fenómeno no llegaba  lo que es hoy. Seguro que tiene que ver con  los cambios culturales y todo lo que quieran pero creo también que en aquellos tiempos había otra figura que quizás hoy se ha perdido. Casi siempre había en medio de los matones alguien que defendía al supuesto débil, alguien que hacía ver que “os las tendréis que ver también conmigo…” y así no es que los matones lo dejaran del todo pero se hacia más llevadero…Amistad, compañerismo, no sé… ignoro cómo están estas cuestiones pero veo demasiada soledad hoy día en los chavales…

Ahora parece que esa figura no existe. Así que en este asunto hay que involucrar a los padres de todos, a los profesores, al colegio, a psicólogos, policía…Mucha gente. Demasiada. La terapia debe ser multidisciplinar seguramente. La homeopatía puede tener su papel primero al lograr intimar con la víctima y sacar fuera el problema. Después para que pueda conectar con sus sentimientos y reacciones. E intentar transformarlos. Pero si queremos llegar a una curación verdadera, se utilice la terapia que sea, hay que entender que esta sólo puede llegar de una manera.

Quizás suene duro pero tengo para mí que todo verdugo pide una víctima y la víctima un verdugo así que hasta que la víctima al final de todo el proceso no sea capaz de sentir dentro de sí que puede mirar a los ojos al supuesto verdugo y decirle a la cara (mejor de forma real pero imaginaria también puede servir si el sentimiento es auténtico) eso de “ya no te tengo miedo…” no hay curación verdadera. Lo demás son apaños (que bienvenidos sean, por cierto, pero yo ahora estoy hablando de otra cosa). Y esto me vale para otras situaciones de maltrato en las que ahora no entraremos.

Pero, a lo que íbamos,  la carta del niño es impresionante por lo simple.

En ningún momento hay queja alguna excepto, quizá, cuando explica sus motivos de manera tan sencilla como que “yo ya no quiero ir más al colegio y no hay otra manera de no ir”…

Todo los demás son palabras generosas y de agradecimiento. Al padre por enseñarle a ser buena persona y cumplir las promesas. A la madre por cuidarle. Por ser los mejores padres del mundo.

Al abuelo por ser generoso, a la hermana por aguantarle, y al tío por ayudarle con los deberes.

Espera verlos en el cielo.

Y después tiene el detalle gracioso, que solo un niño puede hacer, de escribir firmado (así, en letras) y a continuación su nombre. Y como se le olvida algo para su hermana que es que espera que encuentre trabajo pronto también lo añade. Y después sí, ya firma también con su nombre y apellido y la rúbrica.

Para que los padres encontrasen la carta, dejó una nota en el alféizar de la ventana que decía “mirad en Lucho”, su muñeco preferido.

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