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La soledad es algo más que eso

Dr. José Ignacio Torres

La soledad es como un iceberg. Percibimos la superficie, pero hay mucho más, y es de tal profundidad filogenética que no podemos verlo.

John Cacioppo

Desde hace años, pero muy especialmente en el tiempo transcurrido de pandemia existe un mal que se expande como un océano de aceite y que derrite los icebergs de los corazones de la gente. Este mal se llama soledad y si el médico está un poco atento y disponible lo vislumbra cada día en el rostro de las personas que acuden a su consulta y en las voces al otro lado del “hilo” del teléfono.

El mal se extiende progresivamente afectando al 20-33% de la población adulta de los Estados Unidos según las escalas de soledad o encuestas poblacionales empleadas. En Japón, más de un millón de personas adultas entran en la definición de recluidos sociales o hikikomori, problema que se ha extendido a otros países como Corea del Sur, Hong Kong, Estados Unidos o España, donde se conoce como síndrome de la Puerta Cerrada.

Si pienso en algún grupo de personas que están sufriendo especialmente la soledad son sin duda las personas mayores. Los ancianos se han sentido en absoluta soledad e indefensión en sus domicilios y en las residencias, a veces incluso en una especie de cárcel pagada y no deseada y son las víctimas principales de la pandemia tanto en morbilidad como en mortalidad. Queda una amarga sensación de que les hemos dejado mal vivir y morir en soledad.

La soledad es poliédrica, tiene muchas formas de expresarse y representarse, siendo algunas de sus caras más visibles el sufrimiento, la vergüenza, el miedo y el estigma.

Se educa para sufrir sin verdadero motivo, y con sufrir por todo no se gana nada, o con atormentarse. Eso paraliza, eso abruma, eso impide moverse.

Javier Marías

Antonia no se mueve. Vive sola desde hace dos años cuando perdió a su padre, que era su única familia y una parte importante de su razón de ser. No quiere venir a la consulta por el miedo inoculado a través de los medios de comunicación. Nuestra relación médico-paciente se centra en las llamadas telefónicas esporádicas que le hago y que tanto agradece. No quiere tomar medicación ni acudir a ningún tipo de psicoterapia. Asume el sufrimiento.

¿Sabéis lo que es la vergüenza? Es la turbación del ánimo causada por alguna falta cometida, o por alguna acción deshonrosa o humillante. Ignominia significa pérdida de nombre. Dejas de ser quién eres.

Llucia Ramis.

Carmen siente una gran vergüenza, se considera culpable de lo que le sucede. Es una mujer de mediana edad invadida por la ansiedad desde que comenzó con una tos y malestar torácico que le hizo pensar en el famoso virus que nunca ha padecido. El miedo se apoderó de ella, y solo después de un exhaustivo examen médico y un prolongado tiempo de escucha y de terapia reconoce que está somatizando. Pero nadie la entiende y vive en su soledad con la angustia del que no quiere ser un estorbo. Incluso, se disculpa reiteradamente cada vez que acude a la consulta.

Voz que soledad sonando/por todo el ámbito asola,/de tan triste, de tan sola,/ todo lo que va tocando.

Ángel González

María José tiene miedo y a veces el miedo nos paraliza. Era una mujer de gran autonomía a sus 81 años hasta la llegada del virus que nos aisló. Ahora, rechaza las revisiones que le aconsejo por sus problemas de salud crónicos a pesar de que le informo de la seguridad reinante en el centro de salud. No quiere salir de casa, incluso después de vacunada. El miedo le ha tocado, se ha instalado en ella con una insistencia arácnida y le ha atrapado sin remedio.

Mas no hay eterno nada: sucede el joven dios al dios anciano; tú mismo, tú, con temeraria mano ¿no despojaste en desigual partida, a los titanes y a tu padre cano, Júpiter parricida?

Heinrich Heine

Pilar tiene 91 años y oye bastante mal. Vive en un tercero sin ascensor de una casa en la que incluso a las personas más jóvenes les cuesta ascender por una insegura y empinada escalera. No puede salir de casa y es habitual que no responda al teléfono ni al timbre cuando vamos a visitarle. Su pequeña casa me recuerda a la jaula de las fieras en aquel antiguo zoológico de el Retiro cuando era pequeño. Cuesta moverse con facilidad y mucho más a una persona tan mayor. Me sorprende que viva sola, porque tiene familia, pero las personas mayores y su sabiduría han dejado de ser importantes hace mucho tiempo.

¿Por qué estamos solos?

Según la RAE (Real Academia Española de la Lengua) la soledad es la carencia voluntaria o involuntaria de compañía, pero actualmente, la soledad es mucho más que eso. Es un problema social, político y sanitario de primer orden sin que parezca que nos hayamos enterado.

Nos hemos alejado demasiado del grupo y acercado demasiado al individuo. Vivimos en una sociedad hedonista en la que persistentemente queremos más y más riqueza material y necesitamos el reconocimiento de los extraños a través de las redes sociales mientras ignoramos a los que tenemos cerca. Esta realidad se refleja en las casas, en los trabajos, en las familias, en las parejas, en cualquier lugar. Un ejemplo paradigmático de este individualismo y soledad es Carmelo Durán, una especie de hikikomori que protagoniza la novela de Rodrigo Muñoz Avia y que solo se comunica con los demás a través del correo electrónico.

Ejemplos de esta distancia con los demás pueden ser el ningufoneo (phubbing​) fenómeno reciente, muy frecuente, que ya ha sido motivo de trabajos de fin de grado y tesis doctorales, observable en cualquier lugar público (estaciones de metro, tren, aeropuertos, cafeterías, bares, restaurantes) o privado en el que las personas se ningunean unas a otras para consultar el teléfono y que sucede hasta en el 46% de las parejas, o la observación de que en los últimos años los indicadores de empatía en los compañeros de estudios se han reducido un 40% posiblemente relacionado con la individualidad y la competitividad.

Cuando se carece de una buena conexión nos cuesta escuchar a los otros y aparecen el miedo y el resentimiento.

Se han establecido como principales causas de soledad la ausencia de familia, amigos y de redes sociales, las barreras lingüísticas, la falta de acceso a servicios y recursos, la mengua de la condición social, la pérdida de identidad, de trabajo o carrera profesional, las diferencias culturales, la discriminación y estigma por ser extranjero y el aislamiento provocado por medidas gubernamentales.

Los devastadores efectos de la soledad en nuestra salud

Pedro tiene menos de 40 años, pero se encuentra en un callejón sin salida. Los síntomas de ansiedad son manifiestos e intensos y expresa un bajo estado de ánimo y pensamientos destructivos hacia sí mismo con una pésima autoestima.

Es difícil seguir el relato, pero en el fondo voy comprendiendo como subyace un ambiente familiar hostil con una afectividad y apoyo escasos o quizás ausentes.

Las investigaciones realizadas en los últimos años demuestran que la soledad tiene un importante impacto en la salud de las personas porque aumenta el riesgo de conductas autodestructivas, incrementa el riesgo de hipertensión arterial, ictus, enfermedades coronarias, demencia, depresión, inflamación generalizada, ansiedad, trastornos de sueño con aumento de frecuencia de micro despertares y peor calidad del sueño, alteraciones inmunes y conductas compulsivas. También se ha establecido su relación con el Síndrome de takotsubo o del corazón roto y se sabe que incrementa el riesgo de muerte prematura de modo que la soledad es una cuestión de vida o muerte.

Las historias se suceden y se solapan como una cadena humana de aislamiento, dolor y sufrimiento. En vez de relatos las historias de los pacientes llegan en batallones con cifras elevadas de tensión arterial, mareos persistentes, insomnios que no cejan y obligan el uso de medicamentos o cefaleas que no cesan. Y vamos poniendo parches, tratando el síntoma e ignorando la causa; esa profunda soledad que inunda las casas vacías y los corazones desolados por la pérdida, el desamor o la ruina que llegó a sus vidas.

Además, la soledad moderna es diferente a las anteriores con las novedades y pantallas. Los usuarios intensos de redes tienen el doble de posibilidades de tener depresión, pero no sabemos si es antes el huevo o la gallina. Si supiéramos, que nuestras emociones están en el centro de nuestra toma de decisiones, creatividad, calidad de las relaciones sociales y salud física y mental, sería más fácil comprender que la soledad desencadena enfermedades de todo tipo a través de la activación de nuestro sistema psico-neuro-endocrino-inmunológico.

Las emociones importan

Y es que, en el fondo, los seres humanos somos organismos complejos sistémicos y no porciones de órganos y aparatos como pensaba Descartes y siguen enseñando en las Facultades de Medicina. Y esta complejidad sobradamente conocida por las publicaciones de neurocientíficos como Antonio Damasio e intuida desde los trabajos de Darwin sigue siendo ignorada por los clínicos.

Las tres dimensiones de la soledad

Seguramente todos hemos experimentado momentos de soledad en los que nada ni nadie han sido capaces de restañar nuestras heridas. Las posibilidades del sufrimiento humano son infinitas porque somos seres sintientes y necesitados de afecto, compañía y protección. Y a lo largo de nuestras vidas surgirán momentos devastadores en los que todo esto estará ausente o lo sentiremos así, aunque estemos rodeados de gente.

Se han descrito tres dimensiones de la soledad, la soledad íntima, la relacional y la colectiva. Y sabemos que son tan importantes la cantidad como la calidad de nuestras conexiones sociales.

La soledad intima o emocional entraña el deseo de contar con una persona muy próxima con la que nos podemos sincerar, con quien compartimos un lazo mutuo y profundo de confianza y afecto.

A veces, me encuentro con situaciones en las que tengo la sensación de que esta soledad íntima solo aparece en el contexto de la terapia, como con María Jesús, una mujer de 65 años, madre de dos hijas, abuela, viuda y diabética, que está compartiendo su duelo en la soledad emocional de la consulta.  Y es que podemos sentirnos solos rodeados de personas.

La soledad relacional o social es el anhelo de disponer de buenos amigos, de compañía y respaldo social. Cuando disponemos de esta red relacional las situaciones difíciles de la vida lo son menos porque los problemas y sus soluciones (cuando las tienen) son compartidos.

Sin embargo, los médicos conocemos personas ancianas que viven solas y lejos de sus familias y adultos de todas las edades, que se sienten solos sin amigos ni compañía y acuden a la consulta con sus problemas de salud. La soledad es más intensa aún en las personas que viven muy lejos de su país, su cultura y su familia.  El fantasma de la soledad acompañada de insomnio, depresión y ansiedad que solo sabemos paliar con psicofármacos.

La soledad colectiva es el ansia por tener una red o comunidad de personas que comparten propósitos e intereses.

El aislamiento, como el que sufre Carmelo Durán es un estado material objetivo que se considera un factor de riesgo de la soledad. Y no hace falta llegar a este extremo para encontrarnos muchas personas que carecen de red social.

Frente a las dimensiones de la soledad están los círculos de conexión: íntimo, intermedio y exterior. Las relaciones del círculo interior podían predecir mejor la salud y la felicidad de la vida de una persona que el cociente intelectual, la riqueza o la clase social. De ahí la importancia del otro relevante (que puede ser la pareja) y del contacto físico porque tocarse libera oxitocina y endorfinas que generan bienestar. Como todo en la vida, la riqueza de las relaciones se haya precisamente en su textura. En el fino tejido de calidad de la urdimbre de cada persona.

Hay dos sentidos comunes de la palabra soledad: sentirse solo que implica infelicidad y estar en soledad de modo deliberado que aporta paz. Estar a solas nos protege de sentirnos solos. Soledades leídas en los versos de Góngora y Antonio Machado, escuchadas en las voces de Mocedades en aquellos años setenta, poniendo música a Lope de Vega.

Dejemos de preguntar qué les pasa a los pacientes y empecemos a preguntarles que les importa.

Thanh Neville.

Bibliografía

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