Recuerdo, la penúltima película de Paolo Sorrentino, y la razón por la que asistí al cine: disfrutar de aquellas cosas hermosas que nos regala la vida.
Y fue una experiencia per-tur-ba-do-ra desde el principio hasta el final.
Dice la mitología griega, que es la madre de todos los mitos mediterráneos, que la sirena Parténope en su desesperación por no encontrar a Odiseo, se arrojó al fondo del mar y su bello cuerpo fue arrastrado por la corriente hasta las orillas del golfo de Nápoles donde quedó sepultado. Así nació el asentamiento humano que llevó su nombre, y que sería la futura ciudad de Nápoles.
De ello nos habla Plinio el viejo, aquel sabio que murió a consecuencia de la erupción del Vesubio en el año 77, autor de la Historia Natural, un saber enciclopédico que influyó en el conocimiento de la humanidad hasta el Renacimiento.
Me pareció estar presenciando un canto a la belleza y el amor a través de la luz mediterránea, la armoniosa sinfonía de una música ecléctica muy bien elegida y, la actitud sirénida de la protagonista que llena la cámara con su presencia etérea.
Y pensé, como tantas veces que prefiero ser a tener, que los tres grandes logros de la humanidad han sido la humildad, la belleza y el amor; tres pilares en los que sustentar una buena vida.
Somos buscadores de belleza. O no somos nada. Esa es quizás, la única certeza, a la que la filosofía, la poesía y la vida me han conducido.
Cuando cada día observo la fealdad y la abundancia de malvados en este mundo, no solamente los que salen en los medios de comunicación, sino también los que hacen la vida imposible a la gente corriente, como la que acude a mi consulta, me doy cuenta que la podredumbre de este mundo occidental procede del dinero.
Y me sitúo sin ninguna duda en la insumisión que es el lugar más cálido en el que puedo habitar, lejos de los que mandan, obligan e imponen sus normas.
Después de la amarga experiencia de la mili, desconfío de cualquiera autoridad; llámese policía, justicia, ejército, banca o gestores políticos de cualquier índole. Prefiero pasar desapercibido, de puntillas, y hacer las cosas bien, pensando en los demás y no en mí, como ellos.
Así que, poco a poco me he convertido en un médico insumiso, y en un ciudadano secretamente insumiso.
Recuerdo bien mi primera insumisión porque en aquellos días de la infancia fue un acto heroico. Siendo un escolar me negué estudiar formación del espíritu nacional (FEN) porque a mí, por las razones que sean, eso de la maldad política y el etéreo concepto de patria nunca me han dado buena espina.
Luego, durante mucho tiempo, es posible que entrase en el redil del sistema sanitario público, los ensayos clínicos y la idolatría de la industria farmacéutica, hasta que en un determinado momento, vaya usted a saber cuándo y por qué, me caí del caballo, estudié Homeopatía, y me encontré con la verdadera medicina: la de Hipócrates, Maimónides, Hahnemann, Marañón, William Osler o John Sassall, aquel médico ingles que ejercía su profesión en una comunidad rural, protagonista del libro de John Berger, Un hombre afortunado. Y allí me quedé, bien calentito, hasta ahora.
Hoy en día, cuando llego a la consulta solo pienso en tres cosas: pasármelo bien, intentar por todos los medios ayudar a las personas y saltarme las normas que impiden las dos premisas anteriores.
Se lo digo a Susana, que afortunadamente tiene mucho sentido común, y nos reímos de complicidad.
Ser, ser médico de familia, escuchar, abrazar, reír, llorar, aliviar, compartir, acompañar; y algunas veces incluso curar las dolencias de las personas que nos visitan, es un privilegio, un regalo de la vida.
Es lo que tengo, lo que soy; y en ese tener me reconozco y me siento millonario de dolor y de amor.
Busco la belleza y a sus portadores como las voces doloridas de Camarón, Billie Holiday, Édith Piaf o Amy Winehouse; la eternidad sublime del Dove sono i bien momenti de las Bodas de Fígaro de Mozart, de la canción de la luna de Rusalka de Antonín Dvořák o del Stabat Mater de Pergolesi.
Pienso mucho en este compositor italiano, que murió joven por culpa de la tuberculosis, y en su música, que me acompañó tantas veces en mi juventud. Visualizo sus discos y los escucho en mi mente sin necesidad de colocarlos en el plato. ¡Bendito tocadiscos! Fuente de mi felicidad.
Encuentro belleza en la poesía de Luis Cernuda, Arthur Rimbaud, Emily Dickinson, Mary Oliver, Federico García Lorca…
Y en los paisajes castellanos planos y amarillos, los ondulados olivares jienenses, el oleaje bravío del cantábrico, los ríos que nos llevan, las cataratas que nos desbordan, la luminosidad religiosa del Monte Fuji, o la belleza eterna, salvaje, desnuda del Kilimanjaro.
Me siento enamorado de este monte tanzano desde que vi su imagen en los cromos siendo niño. Me gustaría estar a su lado, contemplarlo con arrobo y rezar por su existencia, antes de marcharme para siempre.
Me sitúo en el lado de la belleza, de la sintonía con los que me necesitan, en la presencia humilde, descalza y armoniosa que conduce al reconocimiento.
Por eso, cuando leo sobre los pesticidas, que envenenan nuestras frutas y hortalizas, las lacas que han destruido la capa de ozono, los plomos en la pintura y las tuberías, los disruptores endocrinos, los plásticos en los mares, las anfetaminas para los niños -sin ningún rubor-, los antibióticos para el ganado (de aquella carne que nos comeremos), y el rendimiento y la productividad en medicina, pienso en el aforismo de Benjamín Prado y le doy la razón por enésima vez porque todo lo que no es poesía es cajero automático.
Quizás, sean las mismas mentes las que desean prohibir muchas de las terapias seguras y eficaces, al ignorar (o querer no saber) que los números estrechos, las estadísticas inútiles y el mercantilismo sanitario generan dolor; y que el único centro de gravedad de la medicina es el paciente. Y eso, es algo, que saben muy bien los médicos homeópatas.
Situado frente a la productividad sanitaria, la iatrogenia imperante, y el doctor shopping (de los que se anuncian en televisión), me viene a la memoria la canción de Riccardo Cocciante, que abre la música de la película: todo estaba ya previsto.
Y yo, que quieren que les diga; si me dan a elegir, prefiero ser poeta pobre que clínico rico.
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Siempre será mejor vivir en paz con uno mismo, que tener cosas materiales y no tener paz con uno mismo! Buenas elección,venimos sin nada y no iremos igual!
Saludos
Mil gracias, querido José Ignacio, por esta declaración de Amor Infinito a la humanidad, que sólo consigue ser verdaderamente humana, si se descubre a tiempo, que también es divina. Que es Amor en su esencia básica y fundamental. Que todas y todos somos galletas de la misma harina y gotitas individuales del mismo y único Océano Esencial y Básico: la Vida Supraconsciente, como ya lleva afirmando y demostrando años y años, hasta en la misma ciencia médica, el Dr. Sans Segarra. Otro que tal baila tan divinamente como tú y tantas y tantas criaturas en este mundo, como tus cuatro compis en este blog.
Es evidente que el despertar de conciencias nos lleva a una sana rebeldía e insumisión constante en este «sistem in failure», pero siempre desde la comprensión de lo diferente y no desde los malos tratos ni del desprecio ni de la violencia y sus guerras suicidas, también para quienes «las ganan» aparentemente. Así, como verdader@s médic@s homeópatas…
Una vez descubierto el tesoro infinito dentro del recipiente evolutivo, material y temporal, que nos sirve de vehículo en este planeta, ya tenemos disponible ‘per saecula saeculorum’ el camino de integración constante y plenitud vital, pase lo que pase, e integrad@s en la Familia Infinita, en la que no existen odios, ni comparaciones, ni complejos de mucho o de poco, ni «dioses» inventados por los poderes más tristes y mangoneantes. Idolatría total, como lo captó Kant, al conectar profunda y cognitivamente, en la unidad indisoluble entre «noúmeno» y «fenómeno».
En realidad el «diosismo», como guía del camino, nos venda los ojos y nos impide descubrir en este plano del existir, el SER infinito, que ES nuestro origen y nuestro destino, la aparente «casualidad» de las «causalidades» definitivas en la luz inagotable, que no ciega ni aturde y que también es una protección en los excesos pseudo lumínicos en plan I.A. que nunca alcanzan ni consiguen,el auténtico, completo y humilde despertar.
La poesía y la música pueden considerarse también un tratamiento de la UCI en el Hospital del Amor y la farmacia de guardia que fabrica la Homeopatía del Espíritu.
Muchísimas gracias, querido hermano José Ignacio, amigo y compañero de camino, por este regalo y sobre todo por vivir en ese estado de conciencia e integración constante. Y compartirlo como poeta, médico y SER humano de verdad, sumando y disfrutando homepáticamente, la vida, la luz, la empatía, la inspiración y el amor que hace posible todo el conjunto…
Un abrazo enorme