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Elemental, querido Watson

Por Dra. Molner

A veces, lo más elemental es invisible a los ojos. Vivimos tiempos difíciles para la cordura, nos entra tanta información por tantos lados que es complicado distinguir lo que es real de lo que es una mentira, repetida tantas veces, que cala como la lluvia sin paraguas acabando chopado por una tormenta de sandeces. Hablar de la Medicina Basada en la Evidencia sin ponerte en Evidencia es un riesgo al que se lanzan demasiados en su puenting particular al estrellato. El concepto de Medicina Basada en la Evidencia (MBE) nació a principios de los 90 ¿Quiere decir esto que sólo es válido todo lo que realizamos en la práctica médica y asistencial en los últimos 20 años? Evidentemente no, pero a partir de esa fecha, se podían clasificar las recomendaciones que guiarían la práctica de una forma más eficaz y con mayores garantías. Definida por Sacket como: “El uso consciente, explícito y juicioso de las mejores pruebas disponibles en la toma de decisiones sobre la atención individual de cada paciente” para llevarla a cabo son necesarios:

  1. La competencia del médico adquirida gracias a la experiencia clínica.
  2. La evidencia disponible de la investigación.

¿Quiere decir esto que todos los ensayos clínicos que avalan determinados fármacos o prácticas son fiables? Claramente no, ya que para serlo, tendrían que cumplir unos criterios que no todos los estudios presentados pueden hacerlo ya que su finalidad puede ser la de vendernos la idea de su idoneidad, cuando esconden unos sesgos que sólo los ojos críticos pueden descubrir. El ser licenciado en medicina no te libra del posible engaño porque cuando dejamos de leer la letra pequeña, caemos en la misma trampa que el resto.

Los laboratorios diariamente nos presentan la mejor cara de sus productos. Hay que ser muy riguroso a la hora de seleccionar las variables a incluir en un estudio y en ocasiones, se extrapolan datos a una población general cuando la estudiada ha sido demasiado pequeña como para poder hacerlo. Otras veces, no se valoran sesgos de confusión que llevan a conclusiones erróneas y, lo peor de todo, en ocasiones se ocultan los efectos adversos presentados hasta que la evidencia demuestra que, aunque un fármaco haya sido aceptado por la FDA o por la misma OMS, no garantiza su fiabilidad como sucedió con el Tamiflu en 1.999 (https://www.ncbi.nlm.nih.gov/pmc/articles/PMC4375804/).

Cuando alguien se refiere a la MBE puede hacerlo según diferentes parámetros: Guías de Práctica Clínica, Protocolos, Escalas con Nivel de Evidencia o Grados de Recomendación y a su vez, dentro de éstos 2 últimos, podríamos encontrar diferentes clasificaciones. No basta con decir que algo tiene evidencia científica porque así lo avala la revisión Cochrane (grupo de investigadores que revisan todos los estudios realizados sobre un tema para valorar su aplicación en la práctica) hasta ahora considerada una de nuestras “Biblias”, acaba de demostrar que ni ella es infalible como acaba de suceder con la crítica por parte de algunos investigadores de la misma a la última revisión sobre la vacuna del Papiloma publicada en mayo de este año (https://ebm.bmj.com/content/early/2018/07/27/bmjebm-2018-111012).

Los ensayos clínicos bien hechos necesitan mucho tiempo y dinero, sólo para diseñar un estudio adecuado, la recopilación de datos y el seguimiento de los participantes del mismo es un proceso costoso. Tampoco significa que porque una terapia no haya pasado por el colador de un ensayo clínico, no sea válida. Si los buenos resultados tras más de 20 años de trabajo no pueden avalar determinadas terapias porque no tengan detrás un estudio, algo está fallando. Por otro lado, no todo el mundo puede entrar a formar parte de un estudio, es frecuente leer en los prospectos de los medicamentos que no deben utilizarse en embarazadas o lactantes, sencillamente porque no se considera ético realizar experimentos en ellos; tenemos el ensayo realizado en Ámsterdam con Viagra en embarazadas finalizado antes de tiempo por los resultados de muerte en bebés. Podemos ver cómo surgen noticias acerca de la retirada de un fármaco por su toxicidad estando ya en su última fase de experimentación, fase IV post comercialización, a pesar de que en las fases previas no se habían detectado problemas y la evidencia indicaba que podían usarse, como sucedió con los antiinflamatorios COX-2.

En otras ocasiones, la evidencia acumulada y revisada conlleva el cambio de una práctica establecida hasta el momento que se ha demostrado que era más perjudicial que beneficiosa como el que los bebés debían dormir boca abajo y luego resultó que así había más muertes súbitas. Así que, hagan el favor de dejarnos trabajar a los profesionales sin decirnos lo que tenemos o podemos hacer en nuestras consultas. No se puede opinar desde el odio y desde la desinformación. Así que, invito al debate tranquilo con posturas enfrentadas desde la equidad, la información y la experiencia para llegar a acuerdos y, sobre todo, invito a todos aquellos que quieren aprovecharse de la confianza del paciente y, con careta de profesional, se dedican a experimentar cual demoníaco Mengele (“médico” colaborador con los nazis) a que revisen sus conciencias. Nuestros dirigentes deberían establecer una legislación que pudiera valorar la formación necesaria para tener una consulta y consiguiera mandar a los pseudo-terapeutas a la cárcel si es necesario, para que dejen de manchar el honor y el buen hacer de los verdaderos profesionales.

P.D. dedicada al mundo del periodismo: Si alguien opinara sobre vuestra profesión escuchando tan sólo a los periodistas de la telebasura ¿no podría estar ante un sesgo de información muy grave en detrimento de un informador serio y riguroso? Negar la evidencia sin haberla buscado desacredita al que lo hace (se dedique a la información, a la política o a la medicina).

Dra. Mónica Molner Andrés. Colegiada 18.211 Especialista en Medicina Familiar y Comunitaria.     

Máster en Medicina China, Fitoterapia y Homeopatía por COMV y Máster en Homeopatía por CEDH con los respectivos TFM disponibles.

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